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Podolski anotó 49 goles para Alemania y fue a Polonia a buscar el último trofeo

Penelope H. Fritz

La multitud del PGE Narodowy en Varsovia ya festejaba cuando Lukas Podolski salió al campo en el minuto noventa. El Górnik Zabrze ganaba dos a cero a Raków Częstochowa y solo hacía falta saber cuántos segundos necesitaba un delantero de cuarenta años para dejar su marca. La respuesta fue breve: un rival expulsado en el noventa y dos, el partido cerrado, el Puchar Polski levantado por primera vez en cincuenta y cuatro años.

Sus padres eran dos deportistas de la ciudad polaca de Gliwice, en la Silesia Alta. Su padre Waldemar había sido campeón polaco de fútbol con el Szombierki Bytom; su madre Krysztyna jugó al balonmano para el Sośnica Gliwice. Łukasz Józef Podolski nació el 4 de junio de 1985 y dos años después la familia cruzó la frontera hacia Alemania Occidental bajo el programa Aussiedler, que permitía el retorno de descendientes de alemanes étnicos de Europa del Este. Se instalaron en Bergheim, un pueblo cerca de Colonia. La ciudad los adoptó para siempre.

Con diez años ingresó en la cantera del 1. FC Köln. Con diecisiete debutó en el primer equipo y anotó ocho goles en su primera temporada en la Bundesliga, una irrupción tan limpia que la prensa colonesa le puso un apodo —Prinz Poldi— que decía más de lo que pretendía. No era solo el príncipe del club. Era el reflejo de lo que la afición quería ver: alguien que disfrutaba en el campo tanto como ellos desde la grada.

El Bayern de Múnich llegó en 2006, el año en que Alemania organizó el Mundial y Podolski se marchó con el premio al Mejor Jugador Joven, por delante de Lionel Messi y Cristiano Ronaldo. Marcó dos goles en seis minutos frente a Suecia en los octavos de final. En Múnich ganó la DFB-Pokal y la Bundesliga en la temporada 2007-08. Fue el resultado correcto en el entorno equivocado. El Bayern le pedía disciplina táctica en una posición que no era la suya natural. Podolski no protestó públicamente. Volvió al Köln en cuanto pudo.

Aquí está el patrón que define su carrera mejor que ningún gol: eligió la pertenencia sobre el prestigio de forma sistemática. En el Arsenal de Arsène Wenger, donde firmó en 2012, encontró un uso que se ajustaba a su forma de jugar —como amenaza por el flanco izquierdo— y ganó la FA Cup en 2014, el primer título importante del club en nueve años. Luego llegaron el Inter de Milán en cesión, el Galatasaray con dos Supercopas turcas y la Copa de Turquía, y en 2017, el Vissel Kobe en Japón.

Los cuatro años en el fútbol japonés suelen describirse como el ocaso de una carrera europea. Es una lectura incompleta. Podolski ganó la Copa del Emperador en 2019, se adaptó sin condescendencia a una cultura de juego basada en el esfuerzo colectivo y se marchó con el respeto del club. Cuando firmó por el Górnik Zabrze en 2021, el razonamiento era el mismo de siempre: quería ganar algo allí, en ese lugar específico, por esa razón específica.

El 2 de mayo de 2026 lo consiguió. El Górnik ganó el Puchar Polski por primera vez desde 1972. Podolski se había convertido, en ese momento, en el primer jugador de la historia en ganar cinco copas domésticas con cinco clubes de cinco países diferentes: Alemania, Inglaterra, Turquía, Japón y Polonia. El registro resulta casi imposible de repetir, no porque requiera talento excepcional —aunque lo requiere— sino porque exige la disposición a invertir en lugares que los grandes clubes ignoran.

Anunció su retirada el 22 de mayo de 2026. Unos días antes había comprado el 86 por ciento de las acciones del Górnik Zabrze al municipio de la ciudad. El último partido como profesional lo jugó en el estadio del club, en la misma ciudad industrial de la Silesia polaca desde donde su familia emigró a Alemania hace casi cuarenta años. El círculo se cerró donde siempre debía cerrarse.

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