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Hulk Hogan: Real American en Netflix: la confesión que WWE edita

Jack T. Taylor

Bryan Storkel llevaba meses filmando cuando Terry Bollea murió, el 24 de julio de 2025, de un paro cardíaco en Clearwater, Florida. Más de veinte horas de entrevistas grabadas con un hombre que había accedido a participar sin restricciones, que había afirmado ante la cámara conocer «dónde están enterrados todos los cadáveres», y que se quedó sin tiempo antes de que le pudieran exigir que lo demostrara. El documental que resulta de esas veinte horas no es el que Storkel pretendía hacer. Es algo más complejo: el registro de un hombre intentando sobrevivir al personaje que lo devoró, producido en parte por la institución que construyó ese personaje y cuyo interés económico depende de que siga funcionando.

La tensión entre esas dos realidades —un director con instinto forense y un crédito de coproducción de WWE en el mismo proyecto— es el argumento central de Hulk Hogan: Real American, lo admita el documental o no.

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En la terminología del wrestling profesional, un work es la actuación guionizada que todos acuerdan tratar como real. Un shoot es la verdad sin filtros, el momento en que el intérprete abandona el personaje y habla como él mismo. El marketing de Netflix promete exactamente eso: cuarenta años de kayfabe interrumpidos por una confesión final. «Hay gente que me odia», dice Bollea en el tráiler, «pero creo que la gente quiere saber la verdad. ¿Quién era este tipo, realmente?» La frase está construida con una cadencia perfecta —íntima, confesional, diseñada para producir una reacción específica. En otras palabras: una promo. Si es un shoot o un work más sofisticado que los anteriores es la pregunta que el documental no puede cerrar, porque el hombre que podría responderla murió antes de que se la formularan directamente.

La estructura de cuatro episodios que Storkel ha elegido es, ella misma, un argumento. Los tres primeros episodios reconstruyen la mitología: el circuito territorial en Florida y Minnesota, el combate con Iron Sheik que desató la Hulkamanía, las cinco WrestleMania protagonizadas como babyface, la reconversión en Hollywood Hogan durante los años de la nWo en WCW. Tres horas que construyen la inversión emocional del espectador, que reproducen la experiencia de ser fan del wrestling en los ochenta y noventa. El cuarto episodio ejecuta la auditoría. La cinta con insultos raciales publicada por el National Enquirer en 2015, que costó a Bollea su contrato con WWE y su plaza en el Salón de la Fama, del que fue reinstaurado tres años después. El veredicto de 140 millones de dólares en Bollea v. Gawker, financiado secretamente por Peter Thiel en una operación de litigación de terceros que no solo destruyó un medio de comunicación, sino que estableció el manual para que individuos adinerados persigan judicialmente a la prensa crítica. La aparición en la Convención Nacional Republicana de julio de 2024, en prime time, donde Bollea ejecutó la versión más explícitamente política de su gimmick ante toda una nación.

El crédito de coproducción de WWE —con Paul Levesque como productor ejecutivo— es el dato que la cobertura previa al estreno ha tratado consistentemente como una nota al pie. No lo es. WWE es la institución que rescindió el contrato de Bollea por la cinta racista en 2015, que lo reintegró al Salón de la Fama en 2018, y que ahora figura en los títulos de crédito del documental que narra ese ciclo completo. Se trata de un circuito cerrado: la misma organización que gestionó su salida y su rehabilitación controla parte del relato de ambas. El director Bryan Storkel proviene del cine de no ficción de investigación —su trabajo anterior es Bitconned, sobre fraude financiero—, y su contratación transmite una señal clara sobre las intenciones originales del proyecto. Pero las intenciones del director y los intereses del coproductor institucional no son la misma cosa, y la diferencia entre ambos se hace visible en cada decisión de montaje del cuarto episodio: si la cinta racista se escucha íntegramente o solo se alude a ella, si Thiel aparece como sujeto entrevistado o solo como nombre en una narración, qué espacio se da a los luchadores negros que han hablado públicamente sobre el papel de Bollea como guardián institucional de las decisiones de McMahon.

La lista de participantes confirma el perímetro. Bret Hart, Kevin Nash, Jimmy Hart, Christopher Lloyd, Linda Hogan, Peter y Ruth Bollea: personas que lo quisieron, lo conocieron de cerca o le deben contexto profesional. Las ausencias construyen el argumento complementario al que construyen las presencias.

Lo que el documental sí establece, con independencia de cómo resuelva estas tensiones, es el prototipo. La carrera de Hogan prefiguró una fusión particular de celebridad, política e inmunidad institucional que no terminó con él. El hombre que arrancaba su camiseta ante setenta mil personas en WrestleMania I en 1985 apareció en 2024 en televisión nacional repitiendo el mismo gesto como declaración política, y el país lo reconoció sin dificultad. No porque el wrestling los hubiera entrenado para ello, sino porque la gramática del espectáculo —el gimmick que se vuelve indistinguible de la convicción— hacía tiempo que había salido del cuadrilátero.

Si una cámara puede llegar al hombre que hay detrás de cuarenta años de esa actuación sigue siendo la pregunta que Real American no cierra. Bollea la formuló él mismo, en tercera persona —quién era este tipo—, lo que ya es una respuesta sobre el grado de fusión alcanzado. Storkel seguía filmando cuando murió. El seguimiento que habría cerrado la cuestión nunca llegó a formularse.

Hulk Hogan: Real American se estrena el 22 de abril de 2026 en Netflix. Cuatro episodios, aproximadamente cuatro horas en total. Dirección: Bryan Storkel. Entre los entrevistados figuran Terry Bollea (última aparición filmada), Linda Hogan, Peter y Ruth Bollea, Bret Hart, Jimmy Hart, Kevin Nash y Christopher Lloyd. Producida por Words + Pictures en asociación con WWE.

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