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Midnight Mass: un horror religioso con ritmo irregular

Molly Se-kyung

La primera escena de Midnight Mass es un baño de sangre: una tormenta de nieve, un volante que se escapa, un choque brutal. Esa secuencia, en blanco y negro, no solo introduce al protagonista, Riley Flynn (Zach Gilford), sino que también sienta las bases temáticas de toda la serie: el pecado, la culpa y la redención. Mike Flanagan, creador de The Haunting of Hill House y Bly Manor, regresa a Netflix con esta miniserie gótica de siete episodios, un ejercicio ambicioso sobre fe, fanatismo y los límites entre lo divino y lo monstruoso.

La trama sigue a Riley, quien vuelve a su isla natal después de cumplir una condena por un accidente fatal. Al mismo tiempo, llega un nuevo sacerdote, el carismático Padre Paul (Hamish Linklater), cuya presencia desencadena eventos sobrenaturales que sacuden a la comunidad católica de Crockett Island. Flanagan construye un relato en capas, donde lo religioso y lo horrorífico se entrelazan con maestría visual. La dirección es impecable: los planos largos en las ceremonias religiosas, la atmósfera opresiva de la iglesia y el uso efectivo del sonido ambiente (el viento, las olas, los susurros) crean una tensión constante.

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Sin embargo, no todo funciona. El ritmo es desigual: algunos episodios avanzan a pasos agigantados mientras que otros se estanacan en diálogos filosóficos interminables. La serie peca de pretenciosa en momentos clave, como cuando explora el tema del perdón con un excesivo monólogo en la iglesia (episodio 5). Además, algunos personajes secundarios, como el sheriff Hassan (Rahul Kohli), quedan reducidos a meros dispositivos narrativos para explorar temas de intolerancia religiosa.

El reparto es uno de los puntos fuertes. Hamish Linklater roba cada escena como el Padre Paul: su interpretación oscila entre lo enigmático y lo perturbador, con un dominio excepcional del lenguaje corporal. Kate Siegel, como Erin Greene, aporta profundidad emocional a un rol que podría haber sido estereotípico. Zach Gilford, aunque a veces sobreactúa, transmite la angustia de Riley con autenticidad.

La serie también falla en su estructura: los flashbacks (presentados como «historias» contadas por personajes) son una idea interesante, pero su ejecución interrumpe el flujo narrativo. Además, el giro final, aunque impactante visualmente, se siente forzado y contrario a la atmósfera más sutil de episodios anteriores.

Midnight Mass es una obra que exige atención, pero no siempre recompensa. Flanagan demuestra su habilidad para mezclar horror y drama, pero la serie sufre por su propia ambición.

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