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«Gatos callejeros, de Ricky Gervais» lleva la comedia de After Life a Netflix en animación adulta

Martha Lucas

Un gato no puede avergonzarse. Esa es la licencia que Ricky Gervais llevaba tiempo buscando. Durante tres temporadas de After Life construyó su comedia alrededor de un viudo que decía la verdad más cruel porque el duelo le había quemado los modales. Ahora entrega ese mismo impulso a una manada de gatos callejeros que nunca tuvieron modales que perder.

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«Gatos callejeros, de Ricky Gervais» es una comedia de animación para adultos, y su premisa engaña por lo pequeña. Una colonia de gatos de toda condición comparte el mismo tramo de acera y discute sobre comida, sexo, jerarquía y muerte entre pelea y pelea. Gervais pone la voz a Gus y encabeza el grupo. El estudio británico Blink Industries lo dibuja en un 2D plano y desaliñado, sin ternura que sirva de coartada, y el lema con el que se vende la serie, «Nine lives, zero fucks», ya avisa del registro.

La piel animal hace lo que la imagen real no podía. Un gato puede pronunciar el resentimiento de clase, la soledad y el miedo a morir que los humanos de Tambury solo rozaban de lado. En After Life cada frase hiriente le costaba algo a Tony, porque a un hombre en duelo se le juzga. A un gato callejero no le cuesta nada, y ahí está el hallazgo: Gervais ha retirado los dos frenos —la vergüenza y la consecuencia social— que impedían a su comedia ir de frente al asunto.

El reparto es el argumento, no una nota al pie. Varios de los intérpretes que dieron textura a After Life vuelven aquí convertidos en gatos: Kerry Godliman, la esposa cuyas grabaciones sostenían aquella serie, presta su voz a Lara; Diane Morgan, la impasible Kath, es ahora Olive; David Earl y Tony Way completan la colonia junto a Tom Basden, Andrew Brooke, Jo Hartley y Natalie Cassidy. Son actores que ya saben tocar la frase de Gervais, la que llega como chiste y se vuelve tierna en el último compás. La animación no diluye esa destreza: retira el último filtro que impone un rostro humano.

La premisa trabaja más de lo que su lema reconoce. Netflix describe a la manada como gatos «de toda condición social», y no es un adorno: la colonia es un mapa cómico de un país que discute sin cesar sobre quién pertenece a dónde. Nadie tiene aquí trabajo ni hipoteca tras los que esconderse, así que solo quedan las pretensiones que pinchar, y la serie las pincha sin descanso.

El verdadero titular es el cambio de medio. Después de agotar una misma veta —el duelo, la crueldad, la decencia que sobrevive a ambos— en imagen real, Gervais la traslada a la animación, y al carril de animación adulta que Netflix lleva años construyendo. La comedia de animales que hablan tiene una espina dorsal británica larga, de los Creature Comforts de Aardman a la melancolía que corre bajo BoJack Horseman. Gatos callejeros se instala en esa tradición conservando lo suyo: el planteamiento es soez y el remate es triste.

Ricky Gervais Alley Cats
Alley Cats. (L to R) Tom Basden as Ponce, Diane Morgan as Olive, in Alley Cats. Cr. Courtesy of Netflix © 2026

Queda la pregunta que la serie está diseñada para no responder. Si los gatos solo son groseros, es un dibujo animado de animales que dicen tacos. Si la grosería es una manera de hablar de estar solo y de que se acaba el tiempo, entonces la risa hace lo que siempre hace en Gervais: tapar aquello que nadie en la mesa quiere nombrar. ¿De qué protege el chiste al espectador?

«Gatos callejeros, de Ricky Gervais» llega a Netflix el 7 de agosto de 2026 en un único estreno mundial de seis episodios de unos quince minutos. Es una producción británica creada y escrita por Gervais, que también dobla a Gus y codirige con Elliot Dear; la animación es de Blink Industries. Netflix mostró los dos primeros episodios como exclusiva mundial en el festival de Annecy a principios de año.

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