Ciencia

Australia frena un complejo de lanzamiento de cohetes para proteger su fauna en peligro

Peter Finch
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En lo alto de un acantilado azotado por el viento, en el extremo de la península de Eyre, algunos de los animales más raros del país sobreviven en una franja cada vez más estrecha de matorral costero: un chochín tan diminuto que parece desafiar las leyes de la física y un león marino que no se encuentra en ningún otro lugar del planeta. Un organismo regulador de conservación ha decidido que este sitio no será una plataforma de lanzamiento.

La decisión afecta de lleno a Southern Launch, la empresa aeroespacial que quería abrir un complejo de lanzamientos orbitales en Whalers Way, y reescribe discretamente el relato que Australia se cuenta sobre la carrera espacial. Hasta ahora, ese relato hablaba de ambición: puertos espaciales, empleos cualificados y un punto de apoyo nacional en la órbita. El examen de conciencia que llega ahora gira en torno a qué puede arrasar esa ambición a su paso.

El Native Vegetation Council de Australia Meridional rechazó modificar un acuerdo de conservación que protege el lugar desde 1987: la autorización que Southern Launch necesitaba para despejar la vegetación autóctona y construir sus plataformas. Un portavoz del Gobierno estatal resumió el resultado sin rodeos: «El NVC ha comunicado a Southern Launch que su solicitud no ha sido aprobada». La empresa ya había lanzado cohetes de prueba desde la zona, incluido uno que se incendió en la plataforma, un recordatorio del peligro físico que entraña operar en una reserva propensa a los incendios forestales.

Lo que hace extraordinario el lugar es también lo que lo vuelve frágil. La reserva de Whalers Way alberga más de 700 especies autóctonas. Entre ellas hay dos aves amenazadas —el silbador de los mallee y el emú-urraca austral de la península de Eyre—, además del león marino australiano, también amenazado, que solo cría en estas costas del sur. «Un par de especies de Whalers Way forman parte de nuestro equipo de recuperación; una de ellas es el silbador de los mallee, con el que trabajamos», explicó Rebecca Boulton, de BirdLife Australia.

La amenaza que más inquieta a los científicos es invisible: el sonido. Los cohetes actuales son mucho más ruidosos que los coches o los aviones. Se ha medido que las ondas de choque sónicas del Falcon 9 alcanzan una media de unos 119 decibelios y picos cercanos a los 133 a más de 50 kilómetros de la plataforma; el propio proyecto de Whalers Way ha citado una sobrepresión máxima de 133 decibelios en tierra. Para un emú-urraca cuyo cráneo entero pesa alrededor de una décima de gramo, eso no es ruido, sino una onda expansiva capaz de provocar lesiones traumáticas en el cerebro, los pulmones y otros órganos con aire. Las aves pueden perder audición y tardar semanas en recuperarse: un cálculo imposible frente a un ritmo de lanzamientos que aspiraba a alcanzar decenas de vuelos al año.

Esta es la parte que suele quedar fuera de la cobertura celebratoria. Australia ya cuenta con instalaciones operativas en el Bowen Orbital Spaceport, en Queensland, y en el Koonibba Test Range, en Australia Meridional. La actividad se rige por la Space (Launches and Returns) Act y, en materia medioambiental, por la EPBC Act. Sobre el papel, existen salvaguardas. Whalers Way muestra qué ocurre cuando se ponen a prueba de verdad: cuando una antigua promesa a un chochín y a un león marino se enfrenta a un calendario de lanzamientos y acaba imponiéndose.

Puede que la decisión no sea la última palabra. El ministro de Medio Ambiente del estado no ha dicho si el Gobierno recurrirá, y las autoridades han dejado abierta la puerta para que Southern Launch vuelva con un plan modificado. Pero el precedente ya consta oficialmente: se puede decir que no a una empresa espacial, no por los costes ni por cuestiones de ingeniería, sino por la supervivencia de animales que la mayoría de los australianos nunca llegará a ver.

La maravilla de la carrera espacial siempre fue que podíamos abandonar el planeta. La lección que llega desde un acantilado de Australia Meridional es que todavía tenemos que responder por el planeta que pisamos.

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