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Bill Skarsgård secuestra a un banquero y a una ciudad en directo en «Dead Man’s Wire»

Camille Lefèvre

El arma de «Dead Man’s Wire» no es la escopeta recortada, aunque una escopeta pasa casi toda la película conectada al cuello de un hombre. El arma es la emisión en directo. La nueva película de Gus Van Sant reconstruye una crisis real de rehenes en Indianápolis, en la que un prestatario inmobiliario arruinado ató un rudimentario «dead man’s switch» al banquero hipotecario al que responsabilizaba de su ruina y a continuación hizo lo único que nadie esperaba de él: llamó a las redacciones. Que aflojara la mano, que una bala policial lo alcanzara, y el arma se dispararía sola. La ciudad miraba. Al poco tiempo, también miraba el país.

Van Sant ha pasado buena parte de su vida de cineasta entre esas personas que la cultura preferiría no mirar de frente, y aquí vuelve al registro que mejor comprende: el hecho real filmado sin veredicto, el marginal sostenido dentro del encuadre el tiempo suficiente para volverse ilegible. El hombre que ocupa el centro no es ni héroe popular ni demente, y la película se niega deliberadamente a elegir. Lo que dramatiza, en cambio, es la palanca: cómo un agravio privado, una vez apuntado hacia un objetivo, se agría hasta convertirse en un espectáculo público que ningún banco, ningún negociador policial y ninguna emisora de televisión sabe cómo apagar.

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Bill Skarsgård interpreta a Tony Kiritsis como un cable pelado, tenso y sudoroso, embutido en una camisa de poliéster de un verde lima chillón, y desvía su conocido talento para la amenaza hacia algo más necesitado y más humano. El reparto es la tesis. Este no es un depredador, sino un hombre que se ha quedado sin jugadas legítimas, y Skarsgård deja que la desesperación asome bajo la bravuconería. A su alrededor, Van Sant levanta una caja de resonancia calculada: Colman Domingo como el locutor de radio que se convierte en el conducto reticente del secuestro, Dacre Montgomery como el rehén obligado a escenificar su propio cautiverio y Al Pacino —el rostro de la película fundacional del género— encajado como el patriarca banquero, un golpe de reparto que nombra en voz baja a la película junto a la que «Dead Man’s Wire» no puede evitar situarse.

La historia de la que parte es más extraña de lo que el género suele permitirse. Kiritsis mantuvo atado a su rehén durante casi tres días, lo hizo caminar por las calles a punta de arma y exigió no solo que su deuda quedara cancelada, sino que los hombres que lo arruinaron lo dijeran en voz alta, para que constara. Quería una disculpa con tantas ganas como el dinero, y quería testigos. Cuando por fin alcanzó un micrófono, el agravio se derramó como una arenga furibunda y deshilachada dirigida a un público que jamás había oído su nombre y que no lo olvidaría pronto: una de las primeras crisis de rehenes que un país presenció en algo muy parecido al tiempo real.

La referencia es «Tarde de perros», y Van Sant no hace ningún esfuerzo por disimular la deuda. Trabajando a partir del guion escueto de Austin Kolodney, rueda con la gramática granulada y de cámara en mano del cine procesal del Nuevo Hollywood, dejando que las escenas avancen sobre los nervios más que sobre el incidente. La película encaja con naturalidad dentro de su propio cine de la mirada: esa observación paciente e implicada que ya ha entrenado antes sobre la catástrofe real, siguiendo a gente corriente por los pasillos hasta que lo cotidiano se vuelve insoportable. Aquí el pasillo se estrecha hasta un único apartamento, y la cámara nunca nos concede del todo el consuelo de quedarnos fuera de él.

El eslogan, «su revolución se emitió por televisión», solo está a medias entre comillas. Kiritsis comprendió, antes de que existiera el vocabulario para nombrarlo, que un secuestrador con minutos de antena podía sortear a la policía y hablar directamente al público, y la película está más despierta cuando observa a un hombre privado descubrir el tirón narcótico de una audiencia. Para una cultura de nuevo fluida en su rabia contra los prestamistas y los bancos, el material llega precargado. La disciplina de Van Sant consiste en que nunca acaba de cobrarlo, en que nunca deja que la película prenda una medalla en el pecho de su protagonista por lo que hizo con un arma y una cámara.

Lo que «Dead Man’s Wire» no hace es zanjar la pregunta que no deja de golpear. Es a las claras una película veloz, montada sobre un rodaje célebremente comprimido, y la prisa asoma de vez en cuando: las figuras secundarias llegan más bosquejadas que habitadas, y hay tramos en los que la superficie de época sustituye al escrutinio. No todas las reseñas salidas del circuito de festivales quedaron persuadidas, y algunas encontraron la película curiosamente inerte para tratarse de la historia de un hombre con el dedo en un gatillo. Honra la rareza del secuestro sin llegar a argumentar del todo por qué debería retenernos durante todo su metraje, y su simpatía por Kiritsis se afirma con más facilidad de la que se gana.

Bill Skarsgård as Tony Kiritsis in Gus Van Sant’s Dead Man’s Wire (2026)
Bill Skarsgård in Dead Man’s Wire (2026)

El elenco es amplio para una producción de este tamaño. Cary Elwes, Myha’la y Kelly Lynch completan el círculo de negociadores, familiares y funcionarios que orbitan alrededor del cable, mientras el guion de Kolodney mantiene la atención fija en la atadura entre dos hombres. Row K Entertainment se ocupó del estreno en Norteamérica, y este thriller criminal se despacha en unos tensos ciento cinco minutos.

«Dead Man’s Wire» se estrenó mundialmente fuera de concurso en el Festival de Venecia, el primer regreso de Van Sant al Lido en más de treinta años, y llegó a los cines de Estados Unidos el 9 de enero de 2026 de la mano de Row K. Se estrena en las salas japonesas el 17 de julio de 2026, la última escala de un recorrido internacional que ha llevado el secuestro del circuito de festivales a pantallas muy alejadas de Indianápolis. De momento no hay fecha de estreno española confirmada.

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