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Demonic: Neill Blomkamp convierte la posesión demoníaca en experimento de realidad virtual con resultados desiguales

Camille Lefèvre

La cámara desciende por un pasillo blanco e inmaculado — las paredes, de repente, comienzan a respirar. Neill Blomkamp, el director que convirtió un asentamiento de Johannesburgo en una alegoría de ciencia ficción que cambió el género, se adentra en el territorio del horror con Demonic y lleva consigo toda su inteligencia visual. Lo que deja atrás es el guion que esa inteligencia merece.

Blomkamp no había dirigido un largometraje desde Chappie en 2015. Demonic, rodada con un equipo reducido durante los meses de confinamiento de la pandemia, llega como un proyecto de necesidad — una idea demasiado singular para abandonar. La premisa: una corporación llamada Therapol ha desarrollado una tecnología capaz de proyectar la conciencia de un usuario en el espacio mental simulado de un paciente en coma. Carly (Carly Pope), distanciada de su madre Angela (Nathalie Boltt) tras una serie de crímenes que no puede explicar, acepta acceder al programa. Entra en la mente de su madre. Algo dentro lleva tiempo esperando.

Las secuencias de realidad virtual son donde Blomkamp es más él mismo. Creó los entornos virtuales no con efectos visuales convencionales sino con renders de motor de videojuego — una decisión técnica que otorga a esas secuencias una planitud característica, una esterilidad perturbadora que las separa del mundo real de forma inquietante antes que espectacular. Los pasillos, la arquitectura cambiante, la manera en que los objetos sólidos se disuelven en los bordes del campo de atención de Carly — aquí está la inteligencia formal de Blomkamp, leyendo el cine como un lenguaje de espacio y duración.

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El problema surge cuando Demonic intenta satisfacer sus dos premisas a la vez. Como película de ciencia ficción sobre la conciencia y la tecnología, tiene verdadero peso intelectual: la idea de una corporación que utiliza la realidad virtual para acceder a estados psicológicos que podrían albergar una posesión demoníaca plantea preguntas sobre la soberanía del interior — sobre quién es el propietario de la vida interior — que el guion nunca encuentra tiempo de formular. Como película de terror, la entidad demoníaca sigue reglas tomadas prestadas de cien predecesores del género, sin desarrollar jamás algo lo suficientemente específico como para asustar.

La actuación de Carly Pope sostiene el conjunto mediante pura pericia: transmite el peso de un duelo irresuelto y el vértigo específico de quien no puede determinar si su madre es víctima o victimaria. Nathalie Boltt, que ya apareció en un papel menor en District 9, gana complejidad en las secuencias de simulación: una figura que es simultáneamente monstruo y rehén. El reparto secundario, en especial Chris William Martin como el científico que recluta a Carly, carece de la textura que haría sentir reales las apuestas humanas.

Demonic ocupa un lugar intermedio en la filmografía de Blomkamp — más interesante que Chappie, menos conseguida que District 9. Su fracaso no es de visión sino de compromiso: una película que propone algo genuinamente nuevo y luego retrocede hacia los hitos familiares del terror cuando el territorio nuevo se vuelve difícil. Lo que sobrevive es el concepto — vívido, extraño, que vale la pena haber intentado — y la evidencia de que el ojo de Blomkamp para la gramática visual sigue siendo más afilado que su instinto para la narrativa.

Dirección

Neill Blomkamp
Photo via The Movie Database (TMDB)

Neill Blomkamp

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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Fotos: The Movie Database (TMDB)

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