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Dune: lo que Villeneuve arriesgó convirtió el desierto en argumento

Martha O'Hara

La arena llega antes que el relato. Dune de Denis Villeneuve abre sobre Arrakeen desde una distancia que hace que el planeta parezca un veredicto geológico: un continente pálido y calcinado bajo un sol que no ofrece calor, sino claridad implacable. La cámara de Greig Fraser no suaviza nada. Esta es una película sobre el poder, la herencia y el precio de la profecía, y ha decidido, desde su primer fotograma, que esos temas merecen la pantalla más grande posible.

Frank Herbert escribió Dune en 1965, y durante medio siglo Hollywood la trató como una propiedad que explicar en lugar de un mundo que habitar. La versión de David Lynch de 1984 es un artefacto excéntrico de su momento; la adaptación de Alejandro Jodorowsky, jamás rodada, se convirtió en su propia mitología. Villeneuve — que ya había apuntado la cámara de Fraser a la llegada alien en La llegada y a las ruinas de Los Ángeles en Blade Runner 2049 — fue el primer director con la paciencia y el respaldo industrial suficientes para tratar el material de Herbert como un problema filosófico y no como uno comercial.

El resultado es una película de 155 minutos que cubre únicamente la primera mitad de la novela de Herbert y no pide disculpas por ello. Timothée Chalamet interpreta a Paul Atreides con una calidad fácil de subestimar: no está representando el arco de un héroe, está representando su resistencia. El peso del apellido Atreides descansa sobre sus hombros más como resentimiento que como carga.

Rebecca Ferguson como Lady Jessica es el eje emocional sobre el que gira la película cuando Chalamet está fuera de plano. Ferguson lo construye con una precisión física — la tensión de su mandíbula en un momento de dolor contenido, la forma en que retiene la respiración cuando Paul supera una prueba que ella ya sabía que superaría — que eleva cada escena más allá de lo que la mecánica argumental requiere. Stellan Skarsgård compone al Barón Harkonnen como repugnancia hecha arquitectura. Josh Brolin convierte a Gurney Halleck en lealtad comprimida en postura. Javier Bardem llega tarde como Stilgar y se adueña de cada escena en la que aparece.

La fotografía de Fraser ganó el Oscar y la razón va más allá de las imágenes individuales. Es la disciplina: los Harkonnen habitan piedra volcánica negra y vapor industrial. La Casa Atreides vive en ámbar renacentista. Los Fremen visten un azul situado en el borde del espectro de color, como si la supervivencia los hubiera empujado hacia frecuencias que los colonizadores no pueden leer. Estas no son decisiones de paleta. Son argumentos sobre el poder y cómo transforma los lugares.

La banda sonora de Hans Zimmer se niega a comportarse como una. Voces procesadas hasta parecer minerales, percusión que parece llegar desde debajo del suelo, frecuencias tonales que podrían ser advertencia o bienvenida. La música no subraya las imágenes: existe en paralelo a ellas, como un segundo paisaje.

Dune termina donde Herbert pretendía: no en una resolución, sino en una comprensión. Paul ha llegado al desierto, ha captado algo sobre por qué importa y se ha comprometido con un camino cuyas consecuencias la primera parte no muestra. Dune: Parte Dos (2024) demostró que la apuesta a largo plazo era correcta.

Seis premios Oscar — fotografía, montaje, efectos visuales, dirección de arte, sonido, música original — fueron a parar a Dune en la ceremonia de 2022. Lo que esos premios no capturan del todo es cómo la película logra ser a la vez técnicamente sin precedentes y emocionalmente clásica: es una historia sobre padres e hijos, la herencia y la distancia entre quién es una persona y quién se supone que debe ser. Herbert lo escribió en 1965. Villeneuve lo encontró de nuevo en 2021.

Dirección

Denis Villeneuve

Denis Villeneuve

Fotos: The Movie Database (TMDB)

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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