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El fuego no quema lo suficiente»: veredicto

Martin Cid Magazine
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La plataforma petrolífera se derrumba en el mar del Norte como un titán de acero y fuego, sus estructuras retorciéndose bajo las llamas mientras el océano devora lo que queda. Es una imagen impactante, el gancho visual que abre The Burning Sea (2021), dirigida por John Andreas Andersen. El filme promete un thriller de desastre a gran escala, pero su verdadero conflicto no está en la superficie, sino en las aguas turbias donde choca el drama humano contra la urgencia ambiental.

Andersen, conocido por su trabajo en The Quake (2018), repite fórmula con esta producción noruega: un evento catastrófico que sirve de trasfondo para explorar relaciones fracturadas y dilemas morales. Aquí, el desastre inicial —el colapso de una plataforma petrolera— es técnicamente impecable. La secuencia de apertura, filmada con planos aéreos que capturan la escala del accidente y tomas cercanas que transmiten la violencia del metal retorciéndose, es uno de los puntos fuertes del filme. Los efectos visuales, aunque no revolucionarios, cumplen su función sin caer en lo ridículo, un problema común en el género.

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El equipo de investigadores, liderado por Sofia (Kristine Kujath Thorp), entra en escena para determinar la causa del colapso. Lo que descubren es que este incidente es solo el preludio de una crisis mayor: un posible desastre ambiental. Aquí es donde The Burning Sea intenta elevarse por encima del típico thriller de catástrofe, explorando temas como la responsabilidad corporativa y el precio del progreso. Sin embargo, este intento de profundidad temática tropieza con un guion que no sabe equilibrar el espectro emocional con la urgencia del desastre.

Sofia es el corazón narrativo del filme, pero su arco carece de peso. Thorp entrega una actuación competente —su expresión de determinación cuando se sumerge para investigar los restos de la plataforma es uno de los pocos momentos en que el personaje conecta—, pero el guion no le da suficiente profundidad. Su motivación principal parece ser profesional más que personal, lo que dificulta que el público empatice con ella. Los demás personajes sufren un destino similar: son tipos arquetípicos (el científico idealista, el político corrupto) en lugar de individuos tridimensionales.

El reparto, aunque sólido, no logra salvar las deficiencias del guion. Henrik Bjelland como Stian y Rolf Kristian Larsen como Arthur tienen momentos memorables, especialmente en escenas de tensión donde sus interpretaciones aportan una dosis necesaria de humanidad. Sin embargo, incluso ellos se pierden en un mar de diálogos expositivos y subtramas que no van a ninguna parte. La relación entre Stian y Berit (Ane Skumsvoll), por ejemplo, se siente forzada y fuera de lugar, como si el guionista hubiera decidido añadir un romance trágico solo para cumplir con el cliché del drama de desastre.

Donde The Burning Sea sí destaca es en su ambientación. La película captura la brutalidad implacable del mar del Norte, un personaje más en la narrativa que contrasta con la fragilidad de las estructuras humanas. La fotografía, cruda y realista, añade autenticidad al desastre, aunque el sonido a veces falla en momentos clave, diluyendo la inmersión. En una escena particularmente problemática, los diálogos se pierden entre el rugido del viento y el crujir del metal, recordándonos que incluso las producciones más pulidas tienen sus defectos.

La estructura narrativa es otro punto débil. El primer acto es frenético, con un ritmo que mantiene al espectador en vilo. Sin embargo, el segundo acto se estanca en explicaciones técnicas y diálogos expositivos que ralentizan la trama. La transición entre el thriller de desastre inicial y el drama ambiental posterior es brusca, dejando a la audiencia desconcertada. Aunque el final intenta redimirse con una secuencia de acción bien coreografiada —una carrera contra reloj para evitar una explosión masiva—, llega demasiado tarde para salvar la narrativa.

Comparado con otros thrillers recientes como The Killer (2023) de David Fincher, que equilibra tensión y desarrollo de personajes, The Burning Sea queda en un segundo plano. Fincher’s filme logra mantener la atención del espectador mediante una narrativa pulida y personajes memorables, algo que Andersen no consigue replicar aquí. Donde The Killer se siente como una experiencia cinematográfica cohesionada, The Burning Sea parece un conjunto de secuencias sueltas sin una visión clara.

El público objetivo de The Burning Sea es claramente los aficionados al género de desastre, pero también aquellos interesados en el drama humano y las crisis ambientales. Sin embargo, la película no logra satisfacer por completo a ninguno de estos grupos. Los fans del thriller de catástrofe pueden disfrutar de las secuencias de acción, pero se sentirán frustrados por la falta de desarrollo de los personajes. Por otro lado, quienes buscan un drama ambiental profundo encontrarán que el filme no profundiza lo suficiente en sus temas.

En resumen, The Burning Sea es una película con ambición pero sin dirección clara. Tiene momentos de brillantez técnica y visual, pero se ahoga en su propia complejidad narrativa y en la falta de desarrollo de sus personajes.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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