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The Black Demon: alegoría fallida por desequilibrio narrativo

Martin Cid
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La plataforma petrolera El Diamante emerge del mar como una bestia de acero oxidado, sus estructuras retorcidas bajo un sol implacable. Adrian Grünberg, director de The Black Demon, elige esta imagen para presentar su escenario principal: no es casualidad que la cámara se detenga en los detalles corrosivos, en las fugas de petróleo manando como heridas abiertas. Desde el primer plano, queda claro que este no será un simple filme de terror marinero, sino una alegoría sobre la explotación y sus consecuencias. El problema es que, a pesar de su ambición, The Black Demon (2023) nunca logra equilibrar su mensaje con el entretenimiento puro, cayendo en una mezcla desordenada de thriller familiar, crítica social y monstruo clásico.

La trama sigue a Paul Sturges (Josh Lucas), un inspector de la compañía petrolera Nixon Oil, quien lleva a su familia —Ines (Fernanda Urrejola), Audrey (Venus Ariel) y Tommy (Carlos Solórzano)— a una supuesta escapada vacacional en Baja California. Lo que encuentran es un pueblo fantasma, donde los pocos habitantes restantes los miran con desprecio. La tensión se dispara cuando descubren que la plataforma El Diamante, que Paul debe inspeccionar, está abandonada y rodeada de derrames de petróleo. Pero el verdadero peligro surge cuando aparece el megalodón, conocido como El Demonio Negro o The Black Demon. Lo que comienza como una excursión idílica se convierte en una lucha por la supervivencia contra una criatura que parece estar protegiendo su territorio… o vengando un daño mayor.

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El guion de Boise Esquerra intenta abarcar demasiado. Por un lado, hay el terror puro: el megalodón es una bestia impresionante, diseñada para infundir miedo. Su silueta oscura emergiendo de las profundidades, los golpes sordos contra la plataforma, los dientes afilados destrozando todo a su paso. Estas escenas funcionan bien, especialmente cuando Grünberg opta por mostrar al tiburón desde ángulos que lo convierten en una sombra amenazante antes de revelar su verdadero tamaño. El sonido desempeña un papel crucial aquí: el agua rompiéndose contra el metal, los gritos ahogados, el zumbido constante de la plataforma que parece estar a punto de colapsar. Es cinematografía efectiva, aunque no innovadora.

Pero entonces, The Black Demon intenta agregar capas de crítica social y política. Chato (Julio Cesar Cedillo), uno de los últimos trabajadores en la plataforma, explica que el megalodón es un mensajero del dios azteca Tlaloc, una venganza contra quienes han explotado la tierra. Esta idea podría haber sido fascinante, explorando el terror como una metáfora de la naturaleza que se rebela contra la destrucción humana. Sin embargo, el filme nunca profundiza lo suficiente. Las conversaciones sobre ecología y responsabilidad corporativa suenan forzadas, como si el guionista hubiera añadido estas líneas para dar un aire de profundidad a una historia que, en esencia, sigue siendo un thriller de supervivencia.

El reparto hace lo posible con el material disponible. Josh Lucas, conocido por sus papeles en Sweet Home Alabama y Marshall, intenta darle peso emocional a Paul Sturges. Hay momentos en los que su actuación funciona, especialmente cuando admite su complicidad con Nixon Oil. Pero el personaje carece de matices: es el típico padre culpable que busca redimirse, un arquetipo que hemos visto demasiadas veces. Fernanda Urrejola, en cambio, roba cada escena en la que aparece. Su interpretación de Ines Sturges transmite miedo genuino y determinación, incluso cuando el guion le pide correr desesperadamente o gritar. Es una lástima que su personaje no tenga más desarrollo.

Los niños, Audrey y Tommy, cumplen con su papel de víctimas inocentes, pero sus actuaciones son olvidables. Julio Cesar Cedillo destaca como Chato, aportando autenticidad a un personaje que podría haber sido fácilmente estereotipado. Su relación con el megalodón, vista como una especie de castigo divino, es uno de los aspectos más interesantes del filme, aunque no se explora lo suficiente.

La dirección de Grünberg es competente pero poco inspirada. Sabe cómo crear tensión en las escenas de terror, especialmente cuando el megalodón ataca. Pero también hay momentos en los que abusa de los jump scares baratos y los planos subjetivos del tiburón, como si temiera que el público olvidara que hay una criatura acechando. La fotografía captura bien la opresión de la plataforma, con sus pasillos estrechos y su iluminación tenue, pero no logra diferenciarse de otros filmes del género.

La banda sonora añade tensión en los momentos clave, aunque a veces se pierde entre el estruendo de las explosiones y los gritos. La secuencia final, donde Paul Sturges se sacrifica para destruir al megalodón, tiene un cierto impacto emocional, pero está precedida por tantas escenas predecibles que ya no sorprende.

¿A quién va dirigida esta película? The Black Demon parece intentar atraer a dos audiencias distintas: los fans del terror marinero clásico y quienes buscan una crítica social disfrazada de entretenimiento. El problema es que no satisface plenamente a ninguno. Los puristas del género echarán de menos la coherencia narrativa y el desarrollo de personajes, mientras que aquellos interesados en el mensaje ambientalista encontrarán que el filme no profundiza lo suficiente.

Comparado con otros filmes recientes del mismo género, The Black Demon palidece. Underwater (2019), por ejemplo, logró crear una atmósfera claustrofóbica y un terror constante sin necesidad de mensajes políticos. The Meg (2018) optó por el entretenimiento puro, con momentos de acción exagerada pero efectiva. The Black Demon, en cambio, intenta ser ambas cosas y termina siendo ninguna.

MCM Score: 5.8/10 — craft 2 / story 1 / performances 2 / originality 1 / genre_fit 1. En resumen, The Black Demon tiene momentos de terror efectivo y una premisa con potencial, pero se pierde en su propia ambición. Ni el monstruo ni los humanos logran morder lo suficiente.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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