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Elige o muere: promesa de terror psicológico ahogada en jump scares fáciles

Martin Cid

La escena inicial de Choose or Die es un gancho brutal: una waitress masticando vidrio roto hasta desangrarse en un café, su muerte transmitida en directo a través de la pantalla de un videojuego. Toby Meakins, en su debut como director, elige empezar con un impacto visual que promete horror visceral y realidad distorsionada. La premisa —una joven limpiadora (Iola Evans) atrapada en un juego de los 80 que cursa a sus jugadores— tiene potencial para explorar temas interesantes: la adicción tecnológica, el trauma familiar, o incluso la explotación capitalista disfrazada de premio millonario. Pero donde la película podría haber profundizado en crítica social o terror psicológico, se queda en un ejercicio superficial de jump scares y giros predecibles.

El guion de Simon Allen construye su trama alrededor de Kayla, una universitaria endeudada que ve el juego como una salida fácil a sus problemas financieros. La dinámica entre ella e Isaac (Asa Butterfield), su amigo informático, tiene momentos de tensión bien logrados, especialmente cuando el juego manipula sus traumas personales —como la muerte del hermano de Kayla—. Sin embargo, estos instantes de genuino terror psicológico quedan ahogados por una estructura narrativa que prioriza lo visual sobre la coherencia emocional. La decisión de incluir a Robert Englund como la voz del «Terror Director» es un guiño inteligente al género, pero su presencia carece de peso dramático.

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Donde Choose or Die podría haber destacado es en su representación del horror digital. Las secuencias en las que el juego altera la realidad —como la invasión del ratón gigante o los símbolos que aparecen en objetos cotidianos— tienen un diseño de producción notable, especialmente en el uso de efectos prácticos para el gore. Pero incluso aquí, la película falla al no explotar completamente su potencial. El terror tecnológico funciona mejor cuando explora lo desconocido, y Choose or Die nunca va más allá de los clichés del género.

El reparto, aunque competente, sufre por un guion que reduce sus personajes a arquetipos: el amigo nerd, la madre drogadicta, el villano abusivo. Iola Evans hace lo que puede con Kayla, pero su arco narrativo es predecible desde el primer acto. Asa Butterfield, en cambio, roba algunas escenas con su interpretación de Isaac, especialmente en los momentos en los que el personaje se da cuenta de la gravedad de la situación.

La mayor decepción de Choose or Die es su falta de originalidad. A pesar de su premisa única, la película sigue fielmente las convenciones del horror mainstream: saltos de susto baratos, un villano con motivaciones poco desarrolladas (el creador del juego, Beck), y un final que apunta a una secuela en lugar de cerrar su propia historia.

Choose or Die tiene momentos brillantes, pero son demasiado escasos y están mal conectados.

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