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El truco psicológico se queda en otro cliché más»: el giro predecible arruina la tensión prometida

Martin Cid

La escena inicial de The Girl Who Got Away es un plano secuencia claustrofóbico: una niña corre por un bosque oscuro, ramas golpeando su rostro, mientras una figura encapuchada la persigue. El corazón late en los oídos del espectador antes de que la pantalla se quede en negro y aparezca el título. Es una apertura efectista, pero también engañosa.

Dirigida por Michael Morrissey en 2021, esta mezcla de horror y thriller promete un juego psicológico con el clásico tropo de «el asesino suelto». Lexi Johnson interpreta a Christina Bowden, la única sobreviviente de los ataques de Elizabeth Caulfield (Kaye Tuckerman), una asesina en serie que vuelve a la escena dos décadas después. El reparto incluye nombres como Chukwudi Iwuji y Willow McCarthy, pero son roles secundarios que no logran elevar el material.

La premisa es sólida: explorar el trauma de Christina mientras Caulfield la acecha, jugando con su mente. Morrissey construye tensión en momentos clave, especialmente cuando las llamadas anónimas y los mensajes inquietantes comienzan a llegar a Christina. La dirección artística y el sonido ambiental —pasos en pasillos vacíos, respiraciones entrecortadas— funcionan bien para mantener al espectador alerta.

Sin embargo, la película tropieza con su propia estructura. Tras un giro revelador a los 25 minutos (que no sorprenderá a quienes estén familiarizados con el género), The Girl Who Got Away pierde impulso. Las escenas de persecución son predecibles, y la resolución del conflicto entre Christina y Caulfield carece de originalidad. Hay momentos en que la narrativa parece más interesada en mostrar violencia gráfica (como una secuencia particularmente brutal en un baño) que en profundizar en los personajes.

Johnson hace un trabajo decente como protagonista, pero su interpretación a veces oscila entre lo vulnerable y lo agresivo sin convicción. Tuckerman, por otro lado, roba escenas con su presencia fría y calculadora, aunque su arco narrativo se siente limitado por el guion.

El mayor problema es que la película no sabe qué tipo de historia quiere contar. ¿Es un thriller psicológico sobre el trauma? ¿Un slasher tradicional? ¿Una exploración del poder femenino? La respuesta parece ser: un poco de todo, pero nada con profundidad suficiente.

Donde The Girl Who Got Away podría haber destacado es en su tratamiento del tema de la obsesión —como se vio en películas como Gone Girl— pero lo aborda de manera superficial. La dinámica entre Christina y Caulfield carece del matiz necesario para que su confrontación final resuene.

En resumen, hay elementos técnicos bien ejecutados (la fotografía, el diseño de sonido) y actuaciones notables (Tuckerman), pero la falta de coherencia narrativa y originalidad pesan demasiado.

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