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Nowhere exprime una caja de acero y a Anna Castillo hasta el límite, aunque el guion se resiente

El thriller de supervivencia de Albert Pintó, 2023, sobre una madre a la deriva en un contenedor.
Martha O'Hara
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Nowhere, de Albert Pintó, mete a una mujer embarazada en un contenedor marítimo y nos pide que nos quedemos dentro con ella. Mia, a quien da vida Anna Castillo, huye de un país en guerra escondida en un contenedor a bordo de un carguero. Una violenta tormenta lo cambia todo y acaba dando a luz a su hija perdida en el mar. Ese es todo el planteamiento. Es muy escueto, y la película funciona mejor cuando confía en esa sencillez.

La producción española se sitúa en un escenario distópico y sus cinco guionistas (Ernest Riera, Miguel Ruz, Indiana Lista, Seanne Winslow y Teresa Rosendoy) no pierden tiempo en explicarlo. Donde sí se detienen es en los objetos. El contenedor viene lleno de táperes, auriculares empaquetados, televisores de pantalla plana, botellas de vodka y sudaderas, mercancía que nadie a bordo pensó que iba a hacer falta, y Mia tiene que encontrarle uso a todo. Además dispone de un taladro, algo de cinta adhesiva y una navaja que logró conservar de antes. Cuando perfora el techo con el taladro y la navaja para sacar a su bebé del agua que sube, la escena funciona porque llevamos mucho rato viéndola manejar esas herramientas. Nada se deja sobre la mesa sin que luego se recoja, y esa disciplina es lo mejor del guion.

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Castillo lo sostiene casi todo. El guion le da muy poca compañía, y ella tiene que hacer legibles el agotamiento, el miedo y la terquedad sin apenas ayuda de quienes la rodean. El parto durante la tormenta es el eje de la película. Antes, Mia es una mujer que intenta escapar. Después, responde de alguien que no puede valerse por sí mismo, y Castillo interpreta ese cambio como un estrechamiento de la mirada, no como un arrebato heroico. En su rostro no hay triunfo, solo la expresión de quien hace lo siguiente que toca porque no hay otra salida. Es una interpretación contenida y sin alardes, y la película se apoya en ella más que en cualquier imagen concreta.

Tamar Novas interpreta a Nico, y sus escenas son sobre todo llamadas de teléfono: una voz que llega a Mia mientras ella flota a la deriva. Son el único contacto humano de la película, y también el punto donde más flaquea. Que un teléfono siga dando señal en un contenedor arrastrado por el mar es una comodidad que hay que aceptar sin mirarla demasiado, y el momento de las llamadas parece elegido por el guion y no por las circunstancias. Novas hace lo que puede con poco material. Las conversaciones emocionan, aunque yo nunca dejé de notar la maquinaria que había detrás.

Hay además un segundo hilo: la hija que Mia ya perdió, Uma, que reaparece en sus delirios cuando el cuerpo le falla. Eso da al relato de supervivencia un peso que va más allá de la mecánica de seguir con vida, y ayuda que la película no se recree en ello. Aun así, ese pasado y la premisa política, un gobierno que trata a sus ciudadanos como un problema de recursos, siguen siendo un telón de fondo. Nos cuentan la tiranía, pero no la vemos, y en cuanto Mia está en el agua casi desaparece. Si la película quería decir algo sobre una sociedad que descarta a los más vulnerables, lo dice deprisa y sigue adelante. Es una oportunidad perdida, porque la idea de una madre que huye de un Estado que considera excedente a su hija es lo más potente que tiene el guion.

El ritmo es el problema mayor. Una historia encerrada en un contenedor y luego en mar abierto tiene poco margen para variar el pulso, y Pintó no siempre encuentra cómo sortearlo. Algunos tramos de Mia a la deriva se sienten repetidos en lugar de intensificados, de modo que la tensión que debería subir se queda a la misma altura. Con unos 109 minutos no resulta excesiva, pero sí lo bastante larga para que se note la monotonía. Los momentos sentimentales, además, se inclinan hacia el melodrama, sobre todo cuando una llamada llega justo donde el relato ya se ha ganado la simpatía del espectador.

Lo que mantiene el interés es que se niega a rellenar la premisa con giros. El peligro es simple y constante: el agua, el hambre, una recién nacida, un cuerpo que se va agotando. Mia resuelve un problema y aparece el siguiente. La película es honesta con ese ciclo, aunque a veces agote.

Nowhere es un thriller de supervivencia áspero, desigual y a ratos manipulador, pero tiene más a su favor de lo que sus defectos harían pensar. Su lógica de causa y efecto es clara, su protagonista está por encima del guion que la rodea y sus mejores secuencias sacan una tensión sorprendente de una sola caja de acero. No la llamaría imprescindible. Sí la recomendaría a quien disfrute viendo a una persona pelear un problema hasta el final.

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