Cine

Simon Abkarian encarna al general que rechazó el armisticio en el díptico de Antonin Baudry

Liv Altman

Un país acaba de firmar el final de su propia guerra, y un general de brigada decide que esa capitulación no le obliga. Ese es todo el motor de De Gaulle: Résistance —en su título original francés, La bataille de Gaulle: L’âge de fer—, el primer capítulo del díptico de Antonin Baudry, y su audacia consiste en tratar una leyenda nacional fundacional como un thriller del aislamiento. Un hombre sin ejército, sin mandato y casi sin aliados, que apuesta a que una voz emitida por una radio extranjera puede sobrevivir a un documento firmado en casa.

Baudry, que adapta la biografía del historiador Julian Jackson junto a Bérénice Vila, levanta la película en torno a ese vacío de autoridad y no alrededor de un campo de batalla. Su De Gaulle todavía no es la figura de granito de la mitología posterior: es un exiliado rígido y obstinado en Londres, lidiando con un establishment británico que lo considera a la vez útil e insoportable. La tensión es administrativa antes que militar. Quién reconoce a quién, qué firma cuenta, qué llamamiento acaba lanzándose: la película entiende que, en el derrumbe, esas eran las preguntas que lo decidían todo. El llamamiento radiofónico ya canónico, que casi nadie escuchó la noche en que se emitió, ocupa el centro del relato como un gesto de improvisación y no como un punto de giro escrito de antemano.

YouTube video

Esa lectura descansa por completo en el reparto, y ahí es donde la película enseña sus cartas. Simon Abkarian, actor de tablas de considerable gravedad y no un doble de circunstancias, interpreta a De Gaulle como un forastero tenso y consciente de sí mismo, interpretando sin descanso una seguridad que aún no puede reclamar desde ninguna institución. Enfrente, Simon Russell Beale presta a Churchill el espesor de un hombre que sopesa a un francés incómodo contra la aritmética más amplia de la guerra. Construir la película sobre dos pesos pesados del teatro, y no sobre el espectáculo, dice bastante del proyecto de Baudry: una pieza de cámara sobre el reconocimiento, vestida a escala de epopeya.

Baudry llega a este material con una biografía singular. Antiguo diplomático que pasó años por el Quai d’Orsay, sacó de ese mundo la novela gráfica que dio origen a la sátira política Quai d’Orsay, antes de dar el salto a la dirección con el claustrofóbico thriller submarino El canto del lobo. Ambas obras hablaban ya, en el fondo, de gente que descifra señales en una habitación cerrada y decide en quién confiar. De Gaulle en el exilio es el mismo problema a escala de una nación, lo que quizá explique la afinidad: el director filma el arte de gobernar como una sucesión de conversaciones nerviosas y de alto riesgo, no como un desfile.

Conviene situar la película junto al último De Gaulle llevado a la pantalla, el retrato íntimo de Gabriel Le Bomin, centrado en el matrimonio y los primeros llamamientos, que mantenía al hombre en lo doméstico y la Historia en un desenfoque amable. Baudry toma el camino contrario, hacia la tradición más dura del cine de la Resistencia: el frío moral de El ejército de las sombras de Jean-Pierre Melville, donde el heroísmo es sobre todo logística, miedo y espera. Lo que la nueva película hereda de ese linaje es una desconfianza hacia la grandeza; lo que actualiza es el atrevimiento de colocar en el centro a una figura todavía mitificada y dejar que resulte áspera, cortante, casi antipática.

Queda por saber si el conjunto justifica su duración. Partir el relato en un díptico, con una segunda película por llegar, responde tanto a la estrategia de distribución como a la necesidad dramática, y el riesgo de que la reverencia regrese al galope es real a lo largo de casi dos horas y cuarenta minutos por entrega. El marco del hombre providencial es difícil de esquivar una vez que se ha reunido un reparto de prestigio para llenarlo, y una película sobre un hombre convencido de su destino puede acabar dándole la razón. Presentada fuera de competición en Cannes —un escaparate escogido, no un veredicto del jurado—, la película deja al segundo capítulo la tarea de zanjarlo: un examen crítico genuino de De Gaulle o un monumento elegante a su gloria.

Simon Abkarian as Charles de Gaulle in the Antonin Baudry film De Gaulle Résistance 2026
Simon Abkarian as Charles de Gaulle in De Gaulle: Résistance (2026)

Alrededor de las dos cabezas de cartel, Baudry reúne un banquillo denso de intérpretes franceses. Benoît Magimel encarna al general Koenig, Mathieu Kassovitz al comprometido almirante Darlan, Niels Schneider al futuro libertador Leclerc, Loïc Corbery al político René Pleven y Anamaria Vartolomei el papel inventado de Livia, ventana novelesca hacia el entorno del general. Pathé produce y distribuye, con TF1 Films Production y Auvergne-Rhône-Alpes Cinéma entre los socios: la maquinaria industrial que Francia reserva a sus grandes películas nacionales.

De Gaulle: Résistance, primera parte del díptico, se presentó fuera de competición en el Festival de Cannes y llegó a los cines franceses el 3 de junio. Cada parte dura alrededor de 160 minutos. La segunda entrega, titulada Liberté en su distribución internacional, prolonga el relato hasta la Liberación. De momento no hay estreno español confirmado, algo previsible en una superproducción francesa que suele viajar despacio; la apuesta comercial que subyace a la ambición histórica es si el público seguirá, a lo largo de dos películas, a un hombre al que buena parte del mundo apenas reconoce ya.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

Etiquetas: , , , , ,

Debate

Hay 0 comentarios.