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Taxi Driver: un viaje al abismo sin red

Martha O'Hara
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La pantalla se enciende con un Nueva York que huele a gasolina y sudor: Travis Bickle (Robert De Niro), uniformado como si aún llevara el ejército dentro de su piel, limpia obsesivamente los asientos traseros de su taxi mientras murmura al vacío. Esta imagen inaugural de Taxi Driver (1976) —dirigida por Martin Scorsese y escrita por Paul Schrader— no solo presenta a un protagonista, sino que clava el cuchillo en el corazón del problema: la ciudad como reflejo de un hombre que se desangra en silencio.

Scorsese, ese cirujano del cine neonoir, disecciona el alma urbana con una cámara que no pide permiso. Cada plano —desde los espejos retrovisores que distorsionan la realidad hasta las calles inundadas por luces de neón— es un latido de claustrofobia. Michael Chapman, su director de fotografía, convierte la ciudad en un personaje más: húmeda, pegajosa y llena de sombras que respiran. No es casualidad que Taxi Driver no trate solo sobre Nueva York, sino sobre los climas del alma. El film respira con el mismo ritmo enfermizo que Travis, cuyo insomnio se convierte en la banda sonora de un descenso a los infiernos.

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De Niro, con esa voz susurrante que parece venir de otra dimensión, construye a Travis desde cero: cada gesto —el modo en que ajusta su gorra, el tic nervioso al hablar— es una capa más de su armadura de locura. Su actuación no es solo «buena» o «intensa»; es un estudio de caso sobre cómo un actor puede transformar el vacío existencial en algo tangible. Cuando Travis se afeita la cabeza y carga sus armas antes del clímax, De Niro no está actuando: está convirtiéndose en un mito vivo.

Pero el verdadero golpe maestra llega con Jodie Foster, una actriz de 12 años que roba cada escena como Iris, la prostituta infantil. Su química con De Niro es electrificante: hay momentos —como cuando Travis le pregunta «¿Qué te gusta hacer?»— donde el diálogo parece flotar en un limbo entre lo paternal y lo siniestro. Foster no juega a ser vulnerable; ella es vulnerabilidad, y eso hace que la relación entre ambos sea aún más perturbadora.

La estructura del film es otro acierto: Scorsese evita los arcos narrativos convencionales. No hay un «punto de giro» limpio, sino una espiral descendente hacia el caos. La escena en la que Travis ataca a Betsy (Cybill Shepherd) en su oficina no solo rompe con la tensión romántica previa, sino que expone su misoginia latente. Y cuando, más tarde, se lanza al ataque contra los proxenetas de Iris, el film juega con las expectativas del público: ¿Es Travis un héroe? ¿Un villano? La respuesta es ambigua, y esa ambigüedad es lo que hace que la película sea tan discutible.

La banda sonora de Bernard Herrmann —su última composición antes de morir— añade otra capa de tensión. Esa música, llena de cuerdas que arañan el aire, no solo acompaña las escenas, sino que las infecta con una ansiedad palpable. Es como si cada nota fuera un latido más rápido del corazón de Travis.

Sin embargo, Taxi Driver no es perfecto. Algunos diálogos entre Travis y Betsy caen en lo forzado, especialmente cuando él intenta justificar su comportamiento. Y aunque el clímax —esa balacera sangrienta— es técnicamente impecable, la resolución del arco de Iris parece apresurada. ¿De verdad se recupera tan fácilmente después de todo lo que ha vivido? La película no se molesta en responder.

Pero estos defectos son minúsculos comparados con los aciertos. Taxi Driver es una película para quienes disfrutan del cine como arte, no como entretenimiento. Es un film que exige atención, que recompensa el análisis y que, 47 años después de su estreno, sigue generando debates.

La película también ha sido objeto de controversia a lo largo de los años. La representación de Foster como una prostituta infantil de 12 años generó críticas inmediatas en su momento, y aunque hoy en día se valora más el trabajo de Foster, la decisión sigue siendo polémica. Además, el film fue vinculado al intento de asesinato del presidente Ronald Reagan en 1981 por parte de John Hinckley Jr., quien afirmó que lo hizo para impresionar a Foster. Esta conexión macabra ha perseguido a la película desde entonces.

A pesar de todo, Taxi Driver sigue siendo una obra maestra del cine. Su influencia es innegable: desde el estilo visual de Scorsese hasta la actuación de De Niro, cada elemento del film ha dejado una huella imborrable en la historia del cine. Es un testimonio de cómo el cine puede capturar no solo la realidad, sino también los miedos y las obsesiones más profundas de la sociedad.

En última instancia, Taxi Driver es una película sobre la soledad, la alienación y la búsqueda desesperada de significado en un mundo que parece indiferente. Es una obra que desafía al espectador a mirar dentro del abismo y preguntarse qué ve allí.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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