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The Devil Comes at Night: un horror rural con estilo pero guión endeble

Susan Hill

Imagina la escena: un boxeador en decadencia, Jason Martorino como Mason, despierta en una granja aislada, el aire cargado con el olor a madera podrida y algo más siniestro. Afuera, sombras se mueven entre los árboles, figuras encapuchadas susurran palabras ininteligibles. The Devil Comes at Night (2023) de Scott Leaver abre con esta promesa de tensión claustrofóbica.

Leaver, que también se pone detrás de la cámara como uno de los miembros del culto, construye un ambiente opresivo con una cinematografía que oscila entre lo mugriento y lo neón. Hay planos que destilan estilo: el resplandor azulado de las luces de seguridad cortando la oscuridad, el grano de la película enfatizando la crudeza de la situación. Es en estos momentos donde la dirección de Leaver brilla, creando una atmósfera que recuerda a los clásicos del horror rural.

El guión, sin embargo, tropieza con sus propios pies. La premisa es sólida —un hombre atrapado en la casa de su padre fallecido, asediado por un culto caníbal—, pero el diálogo a menudo cae en lo ridículo, interrumpiendo el flujo de la tensión. Las líneas intentan ser ominosas pero terminan sonando más como un sketch de comedia involuntaria. Esta falta de coherencia en el tono es un lastre que dificulta sumergirse completamente en la historia.

Dicho esto, el reparto hace lo suyo. Martorino transmite bien la desesperación de Mason, y Adrienne Kress como Amy aporta un contrapunto emocional necesario. Jeremiah Sparks, como el reverendo Peter, roba algunas escenas con su presencia imponente, aunque su arco narrativo queda subdesarrollado. Los miembros del culto, particularmente Ty Andrassy como el cultista alto, son figuras inquietantes en la periferia, pero sus motivaciones nunca se exploran lo suficiente.

Donde The Devil Comes at Night realmente falla es en su estructura. La película comienza con fuerza, pero a medida que avanza, la narrativa se vuelve predecible, dependiendo demasiado de los tropos del género sin añadir nada nuevo. Hay saltos lógicos en la trama que rompen la suspensión de la incredulidad, como la facilidad con la que Mason y Amy parecen aceptar la existencia del culto sin cuestionar más allá de lo superficial.

El sonido es otro punto débil. La banda sonora intenta construir tensión, pero los efectos sonoros a menudo se sienten exagerados, como si la película estuviera gritando para ser tomada en serio. Un ejemplo concreto: las escenas de persecución en el bosque carecen del sigilo necesario, con pisadas y ramas rompiéndose que anuncian la llegada de los antagonistas antes de tiempo.

A pesar de estos defectos, hay momentos que funcionan. Una secuencia en particular, donde Mason explora el sótano de la granja, está llena de tensión bien ejecutada. La iluminación tenue, los ruidos inexplicables y la sensación de que algo acecha en las sombras son ejemplos de cómo Leaver puede manejar el suspense cuando se lo propone.

The Devil Comes at Night es una película de horror indie con ambiciones, pero le falta la pulido necesario para elevarse por encima del montón. Es una experiencia desigual: momentos de auténtico terror interrumpidos por decisiones cuestionables y un guión que a menudo se traiciona a sí mismo.

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