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Wall Street, la advertencia de Oliver Stone que toda una generación entendió como un manual de éxito

Martha O'Hara

Hay villanos de cine pensados para repugnarnos. Gordon Gekko estaba pensado para repugnarnos y, en su lugar, fundó una religión. Oliver Stone rodó Wall Street como una furiosa fábula moral sobre un joven corredor que vende su alma, y durante casi cuarenta años se la han citado de vuelta precisamente quienes deberían haberse sentido retratados: el pelo engominado, los tirantes sobre la camisa y el «la codicia es buena» recitado como un versículo y no como la advertencia que era.

Stone conocía este mundo desde dentro: su padre era agente de bolsa y a él está dedicada la película. Esa cercanía explica por qué Wall Street sigue crepitando. Le importa mucho menos la mecánica del arbitraje que su seducción, ese instante embriagador en que un chaval ambicioso de Queens descubre que las reglas son para los demás. Los diálogos son secos e infinitamente citables, el ritmo no afloja. Es una película sobre el dinero que entendió, desde el primer plano, que el dinero nunca fue lo importante.

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Un pacto fáustico en un despacho de Manhattan

Bud Fox es un corredor de poca monta, ahogado entre llamadas en frío y ambición, hasta que logra colarse en el despacho de Gordon Gekko, el tiburón corporativo al que idolatra. Gekko lo pone a prueba, lo utiliza y lo rehace poco a poco: le da información privilegiada, un ático, una novia deslumbrante y una escala de valores que se mide solo en liquidez. La forma del relato es puro Fausto: tentación, ascenso y la factura que siempre llega. Stone no finge que ignoramos cómo acaba esto; la tensión está en ver cómo Bud se niega a verlo.

Lo que impide que la fábula moral se convierta en sermón es lo electrizante que resulta filmar la tentación. La cámara de Robert Richardson merodea por el parqué como un depredador, Claire Simpson monta las operaciones casi como un combate y el diseño de producción —el ladrillo del teléfono móvil, el cromado, las pantallas Quotron— ha envejecido hasta volverse una cápsula del tiempo perfecta de la década. La película hace que la decisión equivocada parezca eléctrica, y por eso la correcta, cuando por fin llega, le cuesta a Bud todo lo que creía desear.

Un fotograma de Wall Street (1987)
Wall Street (1987), dirigida por Oliver Stone.

La interpretación que se comió a la cultura

Y luego está Michael Douglas. Gordon Gekko es una de las grandes criaturas del cine: un tiburón sonriente que predica su evangelio de la codicia ante una junta de accionistas con la convicción de quien jamás se ha equivocado. Douglas ganó el Oscar al mejor actor y se entiende en cada escena: interpreta a un monstruo como seductor, nunca como caricatura, y eso es justo lo que lo volvió tan peligroso como modelo a imitar. La gran ironía de Wall Street es que el espectador debía apartarse de Gekko y, en cambio, una generación entera decidió que quería ser él.

Alrededor de Douglas, el reparto trabaja con precisión. Charlie Sheen funciona como un Bud ingenuo —hambriento, desbordado, fácil de manejar— aunque sea, a la vista está, la presencia menos imponente de su propia película. El golpe maestro es Martin Sheen, padre real de Charlie, como Carl Fox, el mecánico sindicalista que encarna todo lo que a Bud le enseñan a despreciar; su enfrentamiento le da columna vertebral moral al filme. Hal Holbrook, como veterano cansado, pone la conciencia, mientras Terence Stamp y James Spader completan un mundo en el que absolutamente todo está en venta.

Por qué sigue dando dividendos

La carga política no es sutil —Stone nunca ha sido un cineasta sutil— y hay partes que hoy acusan el paso del tiempo, empezando por el deslavazado romance con el personaje de Daryl Hannah. Pero el diagnóstico fue demoledoramente certero. Wall Street llegó como una advertencia sobre una cultura que adoraba el apalancamiento y lo confundía con el talento, y cada crisis posterior no ha hecho más que ratificarla. Stone volvió a Gekko en una secuela décadas después; en realidad no le hacía falta, porque la original ya lo había dicho todo.

Lo que perdura es la extraña doble vida de la película: una fábula admonitoria tan carismática que acabó reclutando precisamente a quienes pretendía asustar. En las escuelas de negocios todavía se proyecta. En los parqués todavía se cita. Ese desajuste —entre lo que Stone quiso decir y lo que la cultura se llevó— es lo más honesto del filme, porque también es lo más honesto que puede decirse del dinero. Wall Street no es una película perfecta, pero sí imprescindible: una pieza afilada, seductora y moralmente seria del cine estadounidense que entendió su tema lo bastante bien como para ser malentendida por él.

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