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Uruguay ganó un siglo resistiendo; Bielsa apuesta a que ahora gane presionando

Jack T. Taylor

Fíjese en los diez primeros segundos después de que Uruguay pierde la pelota. No hay repliegue, no hay dos líneas de cuatro que se rehacen, no hay un respiro. Hay un futbolista que arranca a toda velocidad contra el que acaba de recibir, y detrás otro que ya deja a su marca para salir sobre la siguiente opción, y detrás un tercero, de modo que un rival que llevaba un segundo y medio con el balón de repente no tiene dónde ponerlo limpio. Así no ganaba Uruguay. Así pretende hacerlo ganar Marcelo Bielsa.

Durante casi toda su historia futbolística este país hizo lo contrario. Defendía su arco como una frontera. Se metía atrás, mostraba los dientes, absorbía y te cobraba un error al otro lado del campo. La palabra no se traduce del todo: garra, eso a lo que se aferra una nación chica cuando ha decidido que no la va a mover una grande. Dos títulos mundiales y una población que apenas llenaría una de las ciudades sede se levantaron sobre esa negativa. La Celeste no le ganó al mundo jugando mejor. Le ganó sobreviviéndole.

Bielsa miró esa herencia y eligió gastarla de otra manera. El hombre al que llaman El Loco no entrena la supervivencia. Entrena la persecución. Su Uruguay presiona hombre a hombre por todo el campo, cada jugador encadenado a un rival, la pelota cazada en el instante en que se pierde y no apantallada para esperar. En su último torneo con este grupo los números no eran los de un equipo que defiende una frontera, sino los de uno que la invade: recuperaciones altas una y otra vez, nueve goles a favor y uno en contra en una fase de grupos que ganó sin tropezar. La pregunta que lo acompaña a este Mundial es sencilla y enorme. ¿Se puede cambiar aquello a lo que una nación se aferra cuando el partido se pone feo?

La lista con un nombre que falta

La respuesta más clara de Bielsa llegó en forma de ausencia. Cuando se leyó la convocatoria final, Luis Suárez no estaba. El máximo goleador histórico de Uruguay, sesenta y nueve goles con la celeste, presente en cada Mundial desde que debutó siendo un pibe, no tendrá la despedida mundialista que el fútbol casi le había escrito. Se había bajado de la selección y luego dejó la puerta entreabierta; también había dicho, en su momento, que los métodos de Bielsa habían fracturado el vestuario. La puerta quedó cerrada. Con ella se fue cualquier romanticismo sobre cómo debería verse este equipo.

Lo que reemplazó al romanticismo es un plano de obra. Bielsa citó a tres delanteros netos, solo tres, con Darwin Núñez como única referencia de área y Federico Viñas y Rodrigo Aguirre por detrás. El resto del peso ofensivo lo cargan corredores anotados como mediocampistas que pueden abrirse a las bandas, futbolistas elegidos por sus piernas y por su disposición a usarlas. La columna es inconfundible: Federico Valverde empujando el motor desde el centro, Manuel Ugarte y Rodrigo Bentancur tapando el terreno a sus costados, Ronald Araújo sosteniendo una última línea pensada para defender la mitad de la cancha tanto como el área. No es un plantel armado alrededor de un goleador. Es un plantel armado alrededor de la corrida.

La idea, y lo que les exige

El fútbol de Bielsa es lo más difícil de sostener bien en el plano internacional, porque nunca le permite a un jugador esconderse. No hay una zona donde caer, no hay diez minutos tranquilos para caminar. Marcás a tu hombre, corrés cuando él corre, recuperás vos la pelota o toda la estructura hace agua. Bien hecho, asfixia, y Uruguay tiene a los atletas para hacerlo bien: Valverde podría presionar por dos, Ugarte existe para cortar el primer pase, Núñez convierte una recuperación en remate en cuatro toques. El premio es que el rival nunca se acomoda, nunca llega a jugar ese fútbol paciente de posesión que rompe a un bloque bajo. No defendés el peligro: borrás la salida antes de que empiece.

La exposición es la misma que la virtud. Un equipo que manda a todos a cazar es un equipo al que un solo pase limpio puede atravesar si le ganan la presión, y una última línea que defiende un espacio enorme a su espalda más vale que sea rápida y valiente. Araújo es las dos cosas. También es un jugador cuyo cuerpo no siempre le concedió una temporada entera sin cortes. El sistema no tiene margen, y eso es a la vez su sentido y su riesgo.

Las piernas, y el mes que viene

Todo Mundial es una prueba para el cuerpo, y este está hecho para castigarlo más que ninguno: cuarenta y ocho selecciones, tres países, calor, altura y vuelos comprimidos en unas pocas semanas. Un equipo que presiona gasta más que uno que contiene. Esa es la cuenta que Bielsa aceptó, y por eso su lista se lee tanto como un plan físico cuanto como una alineación. Hasta su convocado más veterano es una señal de otra clase: Fernando Muslera, treinta y nueve años, volvió del retiro internacional para pararse bajo los tres palos, el último hilo con aquel Uruguay que defendía fronteras, elegido porque la experiencia detrás de una línea alta vale más que una juventud que no vivió una eliminatoria.

El presente le da crédito a la idea sin garantizarla. El mismo Uruguay que arrasó en su grupo en el último torneo continental también se quedó sin nafta en las instancias decisivas y terminó fuera del podio, un recordatorio de que la intensidad gana los tres primeros partidos con más facilidad que los tres últimos. Un mes es mucho tiempo para pedirle a un equipo que juegue a este ritmo. Los que levantan la copa suelen ser los que todavía pueden correr en la última semana, no los que corrieron más en la primera.

El sorteo, y el espejo que esconde

El grupo le da a Uruguay una entrada limpia y un examen duro al final. Arabia Saudita y Cabo Verde son partidos que un equipo de Bielsa está hecho para ganar presionando alto y golpeando temprano. Después llega España, y con ella la prueba más filosa de toda la apuesta. España gana teniendo la pelota, obligándote a perseguir un problema que no alcanzás, convirtiendo la posesión en descanso. Uruguay quiere quitarle esa pelota antes de que España se calme con ella. Un equipo es el objeto inamovible del control paciente; el otro, la fuerza imparable de la presión. El cruce dirá hacia qué lado se inclina el fútbol de hoy cuando las dos ideas se juegan con plena convicción.

El argumento

Uruguay no es el equipo más talentoso del torneo y no pretendería serlo. Lo que tiene es una identidad que se reconstruye a propósito bajo un técnico que confía en el esfuerzo antes que en la comodidad, y una camada de atletas lo bastante buena para cargar esa reconstrucción. La vieja garra era una negativa a perder expresada resistiendo. Bielsa le pide a esa misma negativa que se exprese al revés, no dejando respirar nunca al rival. Si aguanta un mes, la Celeste es el equipo que nadie quiere cruzarse, el que convierte tu mejor plan en una corrida que no querías. Si las piernas se van antes que la idea, será la historia romántica que se quedó sin aire. De un modo u otro, no van a esperar para averiguarlo. Eso ya lo decidió Bielsa por ellos.

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