Finanzas y Negocios

Planificación de la jubilación: cómo ahorrar para tu yo del futuro, un desconocido

Victor Maslow
Añádenos en Google

Planificar la jubilación consiste en pagar a un desconocido. La persona que vivirá de tus ahorros comparte contigo el nombre y los datos bancarios, pero poco más: tendrá otro cuerpo, otras necesidades, quizá vivirá en otra ciudad y no podrá enviarte dinero al pasado para pedirte más. Los principios básicos de la planificación de la jubilación se reducen a unas pocas decisiones que trasladan parte de los ingresos de hoy a ese yo del futuro: cuánto necesitarás, dónde irá el dinero, con cuánta antelación empezarás y qué parte puedes evitar que se pierda por el camino en forma de comisiones.

La cuestión importa más que antes. En la mayoría de los países ricos, la gente pasa ahora mucho más tiempo jubilada que sus abuelos, y la responsabilidad de financiar esos años ha ido desplazándose de las empresas y los gobiernos hacia las personas. Un trabajador cuyos padres podían contar con una pensión de empresa recibe ahora, cada vez más a menudo, una cuenta de inversión y un catálogo de fondos. Lo que ocurre dentro de esa cuenta es, para muchos hogares, una decisión financiera más importante que comprar una vivienda, y se toma en pequeños pasos casi invisibles, nómina a nómina.

La mayoría de los sistemas organizan los ingresos para la jubilación en varios niveles. Un informe del Banco Mundial de mediados de los años noventa, Averting the Old Age Crisis, popularizó la idea de los tres pilares. El primero es la pensión pública, como la Seguridad Social en Estados Unidos o la pensión estatal en el Reino Unido, financiada normalmente con las cotizaciones de quienes siguen trabajando. El segundo es el plan de empresa. Antes predominaban los planes de prestación definida, que garantizan unos ingresos determinados en función del salario y los años de servicio; hoy, en cambio, cada vez son más habituales los planes de aportación definida, como el 401(k) estadounidense, los fondos de pensiones británicos de adhesión automática o la superannuation australiana, en los que el resultado depende de cuánto se aporte y de cómo crezca el dinero. El tercer pilar es el ahorro personal: cuentas individuales de jubilación, planes de pensiones privados e inversiones ordinarias.

La planificación empieza por fijar un objetivo. Los asesores suelen hablar de una tasa de sustitución, es decir, la proporción de los ingresos laborales que necesitarás cuando dejes de cobrar el sueldo. Una regla orientativa habitual la sitúa entre el 70 y el 80 por ciento, porque en la jubilación desaparecen los gastos de desplazamiento al trabajo, los impuestos sobre la nómina y el propio ahorro. La parte que cubren los dos primeros pilares depende mucho del lugar donde vivas. El informe Pensions at a Glance 2025 de la OCDE calcula que los sistemas obligatorios sustituirán alrededor del 63 por ciento del salario neto de una persona con ingresos medios y una carrera laboral completa, aunque las cifras van desde menos del 35 por ciento en Irlanda y Lituania hasta el 85 por ciento o más en Austria, Grecia, Luxemburgo, los Países Bajos, Portugal, España y Türkiye. La diferencia entre esa cifra y tu objetivo es lo que debe cubrir el ahorro personal.

El tiempo es la herramienta más poderosa, porque los rendimientos también generan rendimientos. Las comisiones son el enemigo más silencioso. Quien ahorre $500 al mes durante 40 años, con una rentabilidad anual media del 6 por ciento, acabaría con unos $996.000, tras haber aportado $240.000. Si la rentabilidad baja un punto porcentual —aproximadamente lo que supone una comisión de gestión anual del 1 por ciento—, el fondo se reduce a unos $763.000. El esfuerzo es el mismo, pero el dinero final es casi una cuarta parte menor. Son ejemplos, no promesas, porque los mercados no garantizan nada; aun así, la forma de la curva se mantiene con cualquier tasa realista.

Las aportaciones de la empresa son lo más parecido al dinero gratis en las finanzas personales. Una fórmula habitual en Estados Unidos iguala 50 centavos por cada dólar que ahorra el empleado, hasta un límite del 6 por ciento del salario. Así, un trabajador que gana $50.000 y no se apunta deja sobre la mesa $1.500 al año. Las normas fiscales ofrecen un segundo incentivo. Para 2026, el IRS permite a los estadounidenses aportar hasta $24.500 a un 401(k), más $8.000 adicionales a quienes tengan 50 años o más y $11.250 a quienes tengan entre 60 y 63 años; también permite aportar hasta $7.500 a una IRA, con otros $1.100 para quienes superen los 50.

La palanca más poderosa resultó ser psicológica, no financiera. En un estudio publicado en 2001 en el Quarterly Journal of Economics, Brigitte Madrian y Dennis Shea mostraron qué ocurrió cuando una gran empresa estadounidense pasó de exigir que los empleados se apuntaran voluntariamente a inscribirlos automáticamente en su plan 401(k): la participación se disparó, con los mayores aumentos entre los trabajadores jóvenes y con salarios más bajos, y muchos de los nuevos ahorradores mantuvieron sin cambios tanto la tasa de aportación como el fondo que la empresa había elegido por ellos. Después, Richard Thaler y Shlomo Benartzi diseñaron Save More Tomorrow, que pide a los trabajadores comprometerse a destinar parte de sus futuras subidas salariales a la pensión; los participantes pasaron de ahorrar el 3,5 por ciento de sus ingresos al 13,6 por ciento tras su cuarta subida. Los gobiernos imitaron la idea. El Reino Unido empezó a implantar la adhesión automática en 2012 y ahora exige una aportación mínima del 8 por ciento de los ingresos computables, de la que al menos el 3 por ciento debe proceder de la empresa. La ley SECURE 2.0 obliga a la mayoría de los nuevos planes 401(k) estadounidenses a inscribir automáticamente a los trabajadores, y la cotización obligatoria australiana para la superannuation alcanzó el 12 por ciento de los ingresos ordinarios en julio de 2025.

La composición de la inversión cambia con la edad. Por lo general, los ahorradores más jóvenes pueden tener más acciones, que son volátiles pero crecen más a lo largo de las décadas, mientras que quienes se acercan a la jubilación suelen pasar a los bonos y al efectivo. Los fondos con fecha objetivo automatizan ese cambio gradual. El riesgo que buscan evitar es el riesgo de secuencia: una caída del mercado el año en que dejas de trabajar hace mucho más daño que la misma caída 30 años antes, porque tienes que vender activos para vivir justo cuando los precios bajan.

Después llega la fase de retirar el dinero, la menos comentada y, a menudo, la más difícil. La referencia más conocida es la regla del 4 por ciento, propuesta en 1994 por el asesor financiero William Bengen: retirar el 4 por ciento de los ahorros el primer año, aumentar después esa cantidad al ritmo de la inflación y, según los datos históricos de los mercados estadounidenses, el dinero duraría al menos 30 años. Con un fondo de $500.000, eso supone $20.000 el primer año. En su libro de 2025, A Richer Retirement, Bengen elevó la cifra al 4,7 por ciento, o $23.500, aunque siguió describiéndola como una referencia de planificación para el peor de los casos. Las pensiones públicas añaden una decisión sobre el momento de solicitarlas. En Estados Unidos, quienes nacieron en 1960 o después alcanzan la edad plena de jubilación de la Seguridad Social a los 67 años; solicitarla a los 62 reduce la prestación mensual un 30 por ciento de por vida, mientras que esperar hasta los 70 la aumenta un 8 por ciento por cada año de demora. La inflación sigue haciendo su trabajo durante todo ese tiempo: con una tasa anual del 3 por ciento, los precios se duplican aproximadamente en 23 años, más o menos lo que dura una jubilación.

No hace falta una hoja de cálculo para empezar. Esa es la premisa del documental de Netflix Get Smart with Money, de Stephanie Soechtig, que sigue a asesores financieros mientras orientan a personas corrientes sobre ahorro e inversión: la mayoría de los buenos resultados financieros se consigue tomando pronto unas pocas decisiones y dejándolas después tal cual. Apúntate al plan de empresa, aprovecha toda la aportación equivalente, aumenta tu porcentaje cada vez que te suban el sueldo, mantén bajas las comisiones y elige una combinación de fondos con la que puedas convivir incluso en un mal año.

Ese desconocido de 70 años no puede negociar, presionar a nadie ni pedir un aumento. La única voz que tiene es el porcentaje que decides aportar este mes y que luego te olvidas de reducir.

Etiquetas: , , , , ,

Añádenos en Google

Debate

Hay 0 comentarios.