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Verónica desentraña horrores tras fachadas impecables»: thriller psicológico con pretensiones feministas

Alice Lange
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La cámara se desliza sobre un dormitorio en penumbra, revelando a una familia de tres acurrucada en la misma cama: padre, madre e hija, sus cuerpos entrelazados en una aparente armonía. Es el primer plano de Good Morning, Verônica, y ya desde esta imagen inicial —cargada de intimidad forzada— queda claro que esta serie brasileña no teme explorar los rincones más oscuros detrás de las fachadas impecables. Adaptada de la novela homónima de Raphael Montes y desarrollada para Netflix por el mismo autor junto a Ilana Casoy (bajo el pseudónimo Andrea Killmore), la producción dirigida por José Henrique Fonseca se presenta como un thriller psicológico con pretensiones feministas, pero su ambición narrativa termina siendo tanto su mayor virtud como su talón de Aquiles.

El punto de partida es innegablemente fuerte: Verônica Torres (Tainá Müller), una funcionaria policial casada y madre de dos hijos, presencia el suicidio de una joven en un edificio público. El impacto emocional del evento la lleva a investigar dos casos paralelos que involucran a mujeres abusadas —uno relacionado con un depredador de citas online y otro con un marido aparentemente perfecto (Reynaldo Gianecchini) whose facade begins to crack under Verônica’s scrutiny. Aquí, la serie encuentra su ritmo más sólido: el contraste entre lo cotidiano y lo monstruoso, entre las calles bulliciosas de São Paulo y los interiores asfixiantes donde se perpetran los crímenes. Fonseca demuestra particular habilidad para crear atmósferas opresivas, especialmente en los planos secuencia dentro de las estaciones de policía, donde la luz fría y los ángulos cerrados refuerzan el sentido de claustrofobia.

Donde Good Morning, Verônica brilla con mayor intensidad es en su núcleo interpretativo. Tainá Müller entrega una actuación que sostiene toda la serie: su Verônica es una mujer al límite, cuya determinación para hacer justicia choca constantemente contra las estructuras patriarcales que la rodean. Hay momentos en los que rompe la cuarta pared —mirando directamente a cámara—, un recurso audaz que funciona especialmente bien en los episodios más íntimos. La química entre Müller y Gianecchini en la segunda temporada es otro punto alto, particularmente en una escena de interrogatorio donde el rostro del actor se descompone lentamente bajo las preguntas incómodas de Verônica. Su performance transmite la tensión psíquica de un hombre que ha construido toda su vida sobre mentiras.

Sin embargo, la serie no siempre logra equilibrar sus múltiples arcos narrativos. La primera temporada, centrada en el misterio inicial y el desarrollo del personaje principal, es coherente y bien estructurada. Pero a partir de la segunda temporada —cuando se introduce el núcleo familiar Cordeiro (Gianecchini, Klara Castanho y Camila Márdila)— las tramas comienzan a multiplicarse sin suficiente profundidad. El arco de Rodrigo Santoro como Jerônimo Soares en la tercera temporada, por ejemplo, introduce un elemento sobrenatural que choca con el realismo sucio del resto de la narrativa. La decisión de mezclar lo psicológico con lo fantasmagórico parece forzada, como si los creadores hubieran priorizado giros espectaculares sobre el desarrollo orgánico de sus personajes.

Uno de los mayores problemas estructurales es cómo maneja el tema del trauma generacional, anunciado como un pilar central pero finalmente poco explorado. Aunque se menciona en varios diálogos —incluyendo la línea clave «el gran miedo de algunas personas»—, rara vez se profundiza en cómo este trauma afecta a Verônica más allá de su motivación profesional. La serie prefiere mostrar sus consecuencias dramáticas (como flashbacks violentos) antes que analizar sus raíces psíquicas, lo que termina diluyendo el impacto emocional.

El diseño visual merece mención especial: los interiores oscuros y angostos contrastan con los exteriores luminosos de São Paulo, creando una dicotomía entre lo público y lo privado que refleja perfectamente la dualidad de Verônica. La fotografía, especialmente en las escenas nocturnas, utiliza sombras profundas para enfatizar la soledad del personaje principal. Sin embargo, el uso recurrente de música clásica durante momentos dramáticos —aunque efectista— a veces cae en lo predecible.

Comparada con otras series latinoamericanas recientes como El Reino (2021) o La Jauría (2020), Good Morning, Verônica se distingue por su enfoque en el thriller psicológico desde una perspectiva femenina. Donde falla es en la coherencia temática: mientras que El Reino mantenía un tono uniforme a lo largo de sus temporadas, esta producción brasileña oscila entre el realismo sucio y elementos sobrenaturales sin justificación narrativa sólida.

La serie está claramente dirigida a un público interesado en thrillers con protagonistas femeninas complejas. Los fans de personajes como Lisbeth Salander (Millennium) o Amy Dunne (Gone Girl) encontrarán en Verônica una heroína igualmente problemática y fascinante. Sin embargo, quienes buscan narrativa consistente o desarrollo profundo de temas sociales podrían sentirse frustrados por los saltos tonales y la superficialidad ocasional.

En el balance final, Good Morning, Verônica es una serie con momentos brillantes pero inconsistencias notables. Su mayor logro es crear un personaje femenino memorable —gracias en gran parte a la actuación de Tainá Müller— y explorar temas relevantes como la violencia de género desde una perspectiva brasileña auténtica. Sin embargo, su narrativa se desvía demasiado hacia lo sensacionalista en las temporadas posteriores, perdiendo fuerza dramática.

MCM Score: 6.4/10 — craft 2 / story 1 / performances 2 / originality 1 / genre_fit 2.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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