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Painkiller: narrativa ambiciosa pero vacía

Elisabeth Plank
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La imagen del frasco de OxyContin girando sobre una mesa de reuniones en «Painkiller» (2023) se ha convertido en un símbolo visual de esta miniserie, pero también representa su paradoja fundamental: el objeto que lo contiene todo gira sin llegar a caer, igual que la narrativa. Creada por Micah Fitzerman-Blue y Noah Harpster bajo la dirección de Peter Berg, esta producción de Netflix intenta abarcar la complejidad del origen de la crisis de los opioides en Estados Unidos, pero termina siendo víctima de su propia ambición desmedida.

La serie se basa en dos textos fundamentales: el artículo «The Family That Built an Empire of Pain» de Patrick Radden Keefe y el libro Pain Killer: An Empire of Deceit and the Origin of America’s Opioid Epidemic de Barry Meier. Ambos materiales exponen cómo la familia Sackler, dueña de Purdue Pharma, impulsó la comercialización agresiva del OxyContin, un analgésico opioide cuya fórmula de liberación prolongada fue presentada como una solución milagrosa para el dolor crónico. El resultado fue una epidemia que ha dejado millones de adictos y decenas de miles de muertos en su país.

«Painkiller» comienza con la muerte de una joven, lo que desencadena una investigación liderada por la fiscal Edie Flowers (Uzo Aduba). A través de flashbacks, la serie reconstruye no solo el ascenso y caída de Purdue Pharma, sino también las historias personales de quienes se vieron afectados: desde los familiares de las víctimas hasta los propios ejecutivos de la empresa. Aquí radica su mayor virtud: el enfoque coral. Mientras otras producciones como «Dopesick» (2021) se centraron en los médicos prescriptores o los adictos, esta miniserie aborda múltiples perspectivas, lo que permite una comprensión más amplia del problema.

Uno de los aspectos más logrados es la interpretación de Taylor Kitsch como Glen Kryger, un mecánico que cae en la adicción al OxyContin tras una lesión laboral. Su actuación es visceral y desgarradora, especialmente en las escenas donde su dependencia arrasa con su familia. Kitsch logra transmitir el dolor y la impotencia de un hombre que ve cómo su vida se desmorona sin que nadie asuma responsabilidad alguna. Por otro lado, West Duchovny ofrece una interpretación contenida pero poderosa como Shannon Schaeffer, la representante de ventas de Purdue que se ve arrastrada por el sistema que alimenta la crisis.

Sin embargo, el mayor lastre de la serie es Matthew Broderick en el papel de Richard Sackler. Su actuación resulta demasiado caricatural, casi cómica, y choca con la intención realista del resto del elenco. Broderick retrata a Sackler como un villano de opereta, un hombre frío y calculador que parece salido de una película de los años 90 sobre corporaciones malvadas. Esta elección actoral desdibuja el mensaje central de la serie: aunque los Sackler sí fueron responsables de una campaña de marketing engañosa, reducir su papel a una simple representación del mal corrompe la narrativa.

La dirección de Peter Berg es competente pero predecible. La serie recurre constantemente a flashbacks para mostrar tanto el pasado de los personajes como la historia de Purdue Pharma, lo que desdibuja su ritmo. La narración adolece de una estructura fragmentada que dificulta la conexión emocional con las víctimas, pese a momentos conmovedores como la escena en la que Lily Kryger (Carolina Bartczak) descubre los secretos de su familia.

El guion elude ciertos matices necesarios: aunque retrata el marketing agresivo de OxyContin, simplifica excesivamente las responsabilidades. La serie podría haber explorado con mayor profundidad cómo factores sistémicos—como la desregulación farmacéutica o la crisis económica—contribuyeron a la epidemia. En cambio, opta por un enfoque maniqueo: los Sackler como únicos culpables. Esta simplificación no solo es históricamente inexacta, sino que también debilita el impacto emocional de la serie.

Técnicamente, «Painkiller» cumple sin sobresalir. La fotografía es funcional pero impersonal, y la banda sonora acompaña sin distinguirse. Donde sí innova es en su tratamiento del dolor físico: las escenas de abstinencia o sobredosis se filman con un realismo brutal que incomoda al espectador.

La serie está dirigida a un público que ya conoce los contornos básicos de la crisis de los opioides y busca una profundización en las historias humanas detrás de los números. Para quienes no estén familiarizados con el tema, «Painkiller» puede resultar confusa debido a su estructura fragmentada y su enfoque en múltiples personajes. Sin embargo, para aquellos que ya tienen un conocimiento previo, la miniserie ofrece momentos de gran intensidad emocional.

En última instancia, «Painkiller» fracasa donde más importa: en equilibrar indignación y empatía. Su tono oscila entre el drama judicial, la sátira corporativa y el melodrama familiar, sin encontrar una voz coherente. Cuando debería provocar rabia o tristeza, genera confusión.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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