Cine

El nombre de la rosa sigue siendo un thriller medieval magnético, aunque más frío que el libro

La adaptación de Jean-Jacques Annaud (1986) de la novela de Umberto Eco, con un Sean Connery magistral.
Martha O'Hara
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Cuando Jean-Jacques Annaud estrenó en 1986 su adaptación de la novela de Umberto Eco, eligió un reto incómodo: meter en dos horas de cine un libro que es a la vez intriga policiaca, curso de semiótica y tratado de historia medieval. La historia transcurre en una abadía del siglo XIV donde los monjes van apareciendo muertos. Sean Connery es Guillermo de Baskerville, un franciscano con talento para los enigmas, y Christian Slater, su joven novicio Adso de Melk. Es un thriller que pide paciencia y no siempre la recompensa.

El material de partida pesa. La primera novela de Eco, publicada en 1980 y ambientada en 1327, ha vendido más de 50 millones de ejemplares. Llevar al cine un libro así obliga a decidir qué se conserva y qué se sacrifica. Annaud conserva mucho, y de esa decisión salen tanto los aciertos como las lentitudes.

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Lo primero que funciona es la geografía de la historia. Hay una biblioteca vedada a los visitantes, un laberinto de estanterías y una sala oculta, el finis Africae, llamada así por el supuesto confín del mundo. Con eso basta para que el misterio tenga un sitio donde ocurrir. Las muertes siguen un patrón inquietante. Un monje aparece en una tinaja de sangre de cerdo con manchas negras en la lengua y los dedos. Otro es hallado ahogado en los baños, con las mismas manchas. Severino, el herbolario, avisa de que ha encontrado un libro extraño y acaba muerto en su laboratorio, con el cráneo aplastado por una esfera armilar. Cada cadáver aprieta un poco más la trama, y la pista del veneno la mantiene en marcha cuando la conversación amenaza con frenarla.

Connery es la razón para verla. Da a Guillermo un humor seco y una autoridad tranquila, la de quien fue inquisidor y ahora usa esa experiencia para otra cosa. No tiene prisa nunca. Cuando descarta una teoría, uno sospecha que ya había pensado en otras tres mejores. El papel exige esa seguridad, porque toda la película descansa en que Guillermo se enfrenta a una conspiración en la sombra armado solo con su inteligencia, y esa inteligencia tiene que notarse en cada escena. Se nota.

El problema es el ritmo. Los crímenes llegan pronto, pero la investigación avanza a través de largas charlas sobre doctrina. La abadía acoge una disputa entre el bando del papa Juan XXII y los franciscanos sobre la pobreza apostólica, y la película le dedica tiempo de verdad. En una novela, esos pasajes se saborean sin prisa. En pantalla caen como piedras en mitad de un thriller. El debate entre Guillermo y el anciano Jorge de Burgos sobre si la risa es lícita tiene peso en el relato, y Feodor Chaliapin Jr. le presta una severidad que incomoda. Aun así, funciona como idea más que como drama, y la intriga espera mientras los personajes hablan.

La dirección es competente, no arriesgada. Annaud cuenta la historia con un clasicismo directo y rara vez se la juega. Para una película tan preocupada por los secretos, resulta curiosamente poco extraña. Eché de menos la sensación de que la propia abadía ocultaba algo, y no la tuve del todo. La resolución llega con menos fuerza de la que prometía la tensión acumulada. Es coherente con la lógica del libro, pero se vive más como una aclaración que como una sacudida.

El reparto secundario es desigual, casi siempre sin culpa de los actores. F. Murray Abraham es un Bernardo Gui gélido, el gran inquisidor que llega con la legación del papa y no tarda en detener por brujería y herejía a Salvatore, el personaje de Ron Perlman. Abraham le da una frialdad exacta, la de un hombre que ya ha decidido el veredicto antes de oír a nadie. Michael Lonsdale como el abad, William Hickey como Ubertino de Casale y Elya Baskin como Severino tienen los rostros adecuados para sus papeles. Pero el relato los despacha deprisa y algunos quedan reducidos a una función. Slater, como Adso, queda eclipsado por Connery durante buena parte del metraje. En parte es cosa del personaje, que es sobre todo un testigo, pero el actor hace poco por ampliarlo.

Los temas son los del libro: quién controla el saber, quién decide lo que puede leerse y si la risa y la duda son amenazas o señales de salud. Siguen teniendo interés, pero la película los enuncia a menudo, y a veces con demasiada franqueza. Los personajes los sueltan en discursos cuando un gesto o un silencio los habrían transmitido mejor.

Al final queda una interpretación central muy buena, una premisa absorbente y un desarrollo que no siempre está a su altura. Quien venga por Connery y por el placer de ver a un hombre listo desmontar una conspiración saldrá bien servido. Quien espere la hondura del libro o un thriller más apretado se quedará con la impresión de haber visto solo una parte de lo que prometía.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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