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Las estrellas al mediodía: Denis brilla a ratos, pero no logra cuajar

Claire Denis adapta en 2022 la novela de Denis Johnson en una Nicaragua sofocante, con Margaret Qualley al frente.
Martha O'Hara
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Las estrellas al mediodía sigue a Trish, una joven periodista estadounidense atrapada en Nicaragua. Le han confiscado el pasaporte, se le acaba el dinero y el único apoyo que tiene dentro del gobierno está a punto de perder la capacidad de protegerla. Claire Denis adapta la novela de Denis Johnson de 1986, y el caos político del exterior se filtra en todas las escenas íntimas. El ritmo es lento. La película quiere que nos quedemos con Trish en una pensión mientras el país se desmorona a su alrededor.

Denis, directora francesa, saca la historia de la revolución de los años ochenta y la traslada a la Nicaragua actual, donde la inestabilidad de la pandemia y un gobierno autoritario ocupan el lugar de los revolucionarios. El cambio funciona, porque da a la desesperación una textura que reconocemos. Trish (Margaret Qualley) escribe sobre viajes, pero su cobertura de ejecuciones extrajudiciales la enemistó con sus superiores y con el partido gobernante. Para sobrevivir se acuesta con funcionarios a cambio de dinero y de lo más básico. Un día aborda a Daniel (Joe Alwyn), un británico alojado en un hotel reservado a extranjeros ricos, que se presenta como consultor petroquímico. Trish está convencida de que en realidad es un agente de inteligencia. Denis no despeja nunca esa duda, y al principio la incertidumbre engancha. Con el tiempo se queda flotando en el aire y uno deja de esperar una respuesta.

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La película compitió por la Palma de Oro en Cannes en 2022 y se llevó el Gran Premio, aunque llegó al festival entre críticas dispares. La prensa elogió a Qualley y cuestionó el ritmo y la química entre ella y Alwyn. En el segundo punto les doy la razón. El encuentro en el hotel fija los términos de la relación: primero la necesidad y la sospecha, después una ternura que ninguno de los dos parece haber previsto. El sexo se describe como apasionado y tierno. En pantalla, Qualley hace casi todo el trabajo, y Alwyn le ofrece muy poco contra lo que empujar. Su Daniel es correcto pero frío, y cuesta creer en el vínculo que debería unirlos.

Ese desequilibrio se perdona más fácilmente cuando ella sostiene sola una escena. Qualley interpreta a la vez la desesperación y el desafío de Trish, de modo que una mirada puede leerse como miedo y como cálculo al mismo tiempo. El mejor momento llega en una discoteca desierta, donde Trish y Daniel bailan mientras él habla de su esposa. Es el punto álgido del romance, y funciona porque vemos a Trish decidir que confía en un hombre del que tiene todos los motivos para desconfiar. Sin ella, la película tendría muy poco a lo que agarrarse.

Benny Safdie, como el agente de la CIA, es la presencia más despierta de un reparto que casi siempre actúa a medio gas. Aparece en el camino y le ofrece a Trish un pasaje seguro a Estados Unidos a cambio de Daniel. Con esa propuesta deja claro lo que está en juego, y Safdie le da una calma amenazante que el resto del reparto rara vez consigue.

La fotografía, saturada de calor, transmite una atmósfera sofocante que no afloja. La persecución por el mercado, con el policía costarricense (Danny Ramirez) pisándoles los talones, es una de las pocas veces en que la película acelera, y se agradece.

La película habla de explotación, sexual y política, y plantea una pregunta incómoda: si Trish acabará traicionando a un hombre al que usa tanto como él la usa a ella. Es la idea más afilada del conjunto. Pero la intriga política resulta confusa, y no siempre se entiende quién trabaja para quién ni por qué. El romance que debería sostener esa pregunta se siente a menudo más transaccional que transformador, y el centro emocional se queda fuera de alcance. El ritmo lánguido crea ambiente, pero a ratos parece una manera de eludir las respuestas.

Algunos tramos se alargan más de lo necesario. John C. Reilly, como el editor de la revista estadounidense, y el resto de los secundarios aportan peso al telón de fondo político, pero salen tan poco que apenas dejan huella.

El final es lo más sólido del conjunto. Los soldados rodean a los fugitivos, Daniel convence a Trish de que lo abandone y se lo llevan. Un policía nicaragüense, antiguo cliente de ella, le devuelve el pasaporte para que pueda volar a casa, y el agente de la CIA le paga y se marcha. Es un cierre seco y frío, y se queda en la memoria más tiempo que buena parte de lo anterior.

La mano de Denis es inconfundible, pero a la película le falta la precisión de sus mejores trabajos. Qualley brilla, Safdie convence y el Daniel de Alwyn queda más cerca de la sombra que del hombre. Admiré la película por fragmentos y eché de menos que el conjunto fuera tan exacto como sus últimos minutos.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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