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Lightyear: un espacio dividido entre acción y confusión

Martin Cid

La escena inicial de Lightyear es un torbellino de naves espaciales y explosiones, con Buzz Lightyear (Chris Evans) lanzándose directamente a la acción. Es una apertura que promete aventura épica, pero rápidamente se convierte en el primer problema de la película: confunde al público sobre si es una precuela de Toy Story o simplemente un spin-off sin conexión directa.

Dirigida por Angus MacLane, Lightyear sigue al icónico Space Ranger en una misión intergaláctica junto a un grupo de reclutas ambiciosos y su compañero robot Sox (Peter Sohn). La premisa es sólida: explorar el origen del Buzz que conocemos de los juguetes. Sin embargo, la ejecución adolece de una identidad dividida.

Donde la película triunfa es en su diseño visual y acción. Las secuencias de persecución y combate espacial están bien coreografiadas, con planos dinámicos que mantienen el ritmo elevado. La animación es impecable, especialmente en los efectos de luz y color, que capturan la vastedad del espacio de manera convincente. Keke Palmer como Izzy Hawthorne roba escenas con su energía y carisma, aportando un contrapunto necesario a la seriedad de Evans.

Pero el guion tropieza al intentar equilibrar tono y narrativa. Hay momentos en los que Lightyear quiere ser una odisea espacial seria, pero luego recae en bromas que parecen sacadas de una película familiar genérica. La estructura también es problemática: el tercer acto se alarga innecesariamente con un clímax que repite ideas ya vistas.

La actuación de Evans es competente, aunque carece del matiz que hubiera elevado su interpretación. Waititi como Mo Morrison aporta algunos momentos memorables, pero su personaje termina siendo subutilizado. La banda sonora, aunque funcional, no destaca en ningún momento.

Lightyear tiene ambición, pero se pierde en su intento de complacer a todos.

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