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Mark Wahlberg es el sicario que el FBI lanzó contra el Klan en By Any Means

Camille Lefèvre

Hay un tipo de relato estadounidense en el que la ley, agotados sus propios procedimientos, toma prestados en voz baja los métodos que fue creada para perseguir. By Any Means lleva esa idea al pie de la letra. Imagina a un FBI incapaz de frenar una serie de asesinatos contra organizadores de los derechos civiles en el delta del Misisipi y, decidido a no perder, que recurre fuera de sus filas a un ejecutor de la familia Colombo, un asesino profesional, para arrancar por el miedo lo que las órdenes judiciales y los interrogatorios no consiguen.

La película coloca a un joven agente federal negro junto a ese sicario y les ordena perseguir a los mismos hombres. Es una pareja diseñada para el roce, y Elegance Bratton la plantea como un dilema moral antes que como un golpe de acción. La pregunta que late bajo cada escena es qué le ocurre a la justicia cuando el Estado la subcontrata a alguien que no cree en ella. La sociedad entre ambos es a la vez el motor y la tesis, y la gramática conocida del cine de dúos, dos hombres, un coche y dos códigos opuestos, carga aquí con un peso que el género rara vez levanta.

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Elegir a Mark Wahlberg como Gregory Scarpa Sr. es la primera apuesta seria del film. Wahlberg ha construido buena parte de su carrera como el hombre común que da gusto ver; aquí interpreta a alguien que los propios archivos del FBI catalogaron como una máquina de matar, transformado con trabajo de prótesis en una figura más pesada y más fría de lo habitual. Frente a él, Yahya Abdul-Mateen II da al agente especial Wayne Strider el papel de conciencia y de puerta de entrada del espectador, el hombre que debe medir cuánto del método de Scarpa está dispuesto a tocar. Giancarlo Esposito aparece como Vernon Dahmer, el activista de Misisipi cuya muerte ancla la historia en hechos documentados y no en la ficción de género.

Para Bratton la película es un giro deliberado. Su debut en el largometraje fue un drama íntimo y en primera persona, extraído de su propia vida, rodado de cerca y en voz baja. By Any Means es una producción de estudio de lienzo amplio, ambientación de época y el respaldo de una gran distribuidora. La continuidad es temática, su interés declarado por las personas que chocan contra instituciones que les fallan, pero el registro no podría ser más distinto, y la verdadera intriga para quien admiró aquel debut es si esa intimidad sobrevive al contacto con la maquinaria de un espectáculo de género o si la maquinaria termina imponiéndose.

El asunto convoca a un antepasado evidente. La última vez que el cine estadounidense llevó al FBI del Misisipi de la era del Klan a esta escala, construyó el relato en torno a dos agentes blancos y recibió críticas justas por empujar a los propios protagonistas del movimiento a los márgenes de su historia. By Any Means invierte esa geometría al hacer negro a su agente, y enseguida la complica al encadenarlo a un criminal blanco de carrera. Si esa inversión es una corrección o solo una distorsión nueva es la tensión sobre la que se sostiene toda la película, y nada en la obra de Bratton hasta ahora sugiere que lo ignore.

Los hechos de fondo son reales y nunca fueron limpios. El Verano de la Libertad ya había terminado con la desaparición de tres jóvenes que registraban votantes, cuyos cuerpos aparecieron semanas después en el terraplén de una presa, y el atentado incendiario que mató a Dahmer llegó poco después. El hilo documentado del que tira la película es que el FBI, frustrado por el silencio local, habría empleado el talento de Scarpa para la intimidación con el fin de quebrar a los testigos, según un relato con una pistola y una navaja de afeitar. Cuánto del avance final le corresponde de verdad sigue en disputa, que es justo el hueco que un thriller siente la tentación de rellenar con certezas.

A juzgar por el tráiler, Bratton quiere filmarla como calor y grano antes que como nostalgia: sudor, interiores en penumbra, la luz plana de una tarde del delta, una época reconstruida como presión y no como vestuario. El montaje promete el impulso que el género exige. La pregunta abierta sobre la forma es de ritmo y de distancia, si el film se detendrá lo suficiente en sus dos hombres para que la incomodidad moral cale, o cortará al siguiente golpe antes de que el público tenga que quedarse con lo que ve.

Lo que la premisa no puede resolver es precisamente lo que más quiere dramatizar. Soltar a un asesino de la mafia contra los hombres del Klan da una película con nervio, pero también corre el riesgo de blanquear a un homicida en serie hasta convertirlo en héroe popular, y nunca acaba de responder si el resultado es justicia o solo una ilegalidad más fotogénica. El agente del centro agrava el problema: funciona más como una conciencia de composición que como una figura que el registro histórico pueda avalar, un recurso dramático honesto pero no un hombre documentado. Una película que se presenta como basada en hechos reales le debe a su público la costura entre el hecho y la invención, y la seguridad de la campaña sugiere que quizá prefiera dejar esa costura fuera de plano.

Mark Wahlberg in Elegance Bratton film By Any Means (2026)
Mark Wahlberg in By Any Means (2026)

Escrita por Sascha Penn a partir de un guion que primero llamó la atención en la Black List de la industria, la película respalda a sus dos protagonistas con un reparto amplio: Nicole Beharie, Josh Lucas, David Strathairn, Ethan Embry, LisaGay Hamilton, LaChanze y Stephen Bass. La producen Hammerstone Studios y Thunder Road Films junto a Freedom Principle Productions, de Bratton, y Municipal Pictures, con las credenciales de un thriller de estudio más que de un drama de festival.

By Any Means dura 107 minutos y se estrena en los cines de Estados Unidos el 4 de septiembre, distribuida por Paramount Pictures. En España no hay por ahora fecha de estreno confirmada.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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