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El desratizador grotesco de fiennes destaca en un corto perturbador

Veronica Loop
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Imagina una taberna inglesa envuelta en la neblina del atardecer, donde las sombras se alargan sobre las paredes de madera gastada por el tiempo. Es aquí donde Ralph Fiennes, con su voz susurrante y mirada febril, teje un relato que oscila entre lo macabro y lo absurdo. The Rat Catcher (2023), dirigido por Wes Anderson, es el tercer cortometraje de la antología inspirada en Roald Dahl, y quizás el más inquietante hasta ahora. Con apenas 17 minutos de duración, este filme compacto logra condensar toda la esencia del estilo andersoniano: simetría obsesiva, paleta cromática pastel y un humor negro que corta como una navaja.

La película se centra en un desratizador —interpretado por Fiennes con una mezcla de fascinación y repulsión— que narra su plan para exterminar a las ratas de un pueblo. Lo más perturbador no es el método en sí, sino la transformación física del personaje: sus ropas harapientas, su postura encorvada y su voz ronca lo convierten en una parodia grotesca de los animales que persigue. Anderson utiliza planos cerrados y detalles macabros —como las manos sucias del desratizador o los ratones disecados colgando del techo— para crear una atmósfera claustrofóbica. La fotografía, con sus tonos verdes enfermizos y azules fríos, refuerza la sensación de podredumbre subyacente.

Donde The Rat Catcher brilla es en su dirección artística y actuación principal. Fiennes roba cada escena con una interpretación que oscila entre lo caricaturesco y lo trágico. Su capacidad para transmitir obsesión y soledad a través de gestos mínimos —como el temblor de sus manos o la manera en que evita el contacto visual— es digna de elogio. El resto del reparto, aunque limitado, cumple su función sin destacar: Richard Ayoade como el editor y Rupert Friend como Claud Cubbage aportan un contrapunto más humano, pero sus personajes sirven principalmente como espectadores pasivos.

Sin embargo, la película no está exenta de defectos. Su estructura narrativa es demasiado simple, casi infantil, lo que la aleja del peso emocional de otros cortometrajes de Dahl adaptados por Anderson, como The Wonderful Story of Henry Sugar (2023). La falta de desarrollo en los personajes secundarios y el tono inconsistente —que oscila entre lo cómico y lo terrorífico sin encontrar un equilibrio claro— debilitan la experiencia. Además, aunque la dirección visual es impecable, algunos planos parecen más preocupados por su estética que por avanzar la trama.

The Rat Catcher no es una película para todos los públicos. Va dirigida a quienes disfrutan del estilo visual de Anderson y de las historias que exploran lo grotesco con un toque de humor absurdo. Los fans de Dahl encontrarán eco en la morbosidad sutil del relato, mientras que los seguidores del director apreciarán su habilidad para transformar una idea simple en un cortometraje visualmente deslumbrante.

En el contexto de la antología de Dahl, The Rat Catcher funciona mejor como un interludio oscuro que como una pieza central. Su valor radica en cómo expande el universo temático de Anderson, añadiendo capas de complejidad a su obra. La película explora temas como la obsesión, la soledad y la dualidad entre el cazador y la presa, pero lo hace de manera tan sutil que puede pasar desapercibida para quienes no estén familiarizados con el estilo del director.

Uno de los aspectos más interesantes de The Rat Catcher es su capacidad para generar interpretación. ¿Es el desratizador una metáfora de la humanidad en su lucha contra fuerzas más grandes? ¿O simplemente un hombre trastornado que ha cruzado la línea entre la cordura y la locura? Anderson deja estas preguntas abiertas, permitiendo que cada espectador encuentre su propia respuesta.

Comparada con otros cortometrajes de la antología, The Rat Catcher destaca por su tono más sombrío. Mientras que Henry Sugar se centra en el crecimiento personal y The Swan en la crueldad y la supervivencia, este relato se adentra en lo macabro sin perder de vista el humor característico de Dahl. La combinación de estos elementos hace que la película sea única dentro del canon andersoniano, aunque no necesariamente la más accesible.

En cuanto a su ajustamiento al género de comedia, The Rat Catcher es un caso peculiar. Aunque clasificada como tal, la película transita por el terror psicológico y el drama, utilizando el humor negro como herramienta para enfatizar la absurdidad de la situación. Esto puede confundir a algunos espectadores esperanzados en risas ligeras, pero para quienes aprecian el cine que desafía las convenciones genéricas, es una experiencia gratificante.

La dirección de Anderson es impecable, como siempre. Su ojo para los detalles y su capacidad para crear mundos en miniatura son evidentes en cada plano. La película está repleta de elementos visuales que invitan a la contemplación: desde la disposición simétrica de los objetos hasta el uso estratégico del color. Sin embargo, esta atención al detalle puede convertirse en un arma de doble filo, ya que a veces parece priorizar la estética sobre la narrativa.

El sonido también juega un papel crucial en The Rat Catcher. La banda sonora, con sus notas melancólicas y su ritmo lento, refuerza el ambiente opresivo del relato. Los efectos de sonido —como los chillidos de las ratas o el crujir de la madera— añaden capas de realismo que hacen que la experiencia sea aún más inmersiva.

En resumen, The Rat Catcher es una obra fascinante pero desigual. Su dirección artística y actuación principal son excepcionales, pero su estructura narrativa simple y su tono inconsistente le impiden alcanzar la grandeza de otros cortometrajes de Dahl adaptados por Anderson.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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