Finanzas y Negocios

Jim Cramer llama al diésel un recargo del 25% sobre todo lo que viaja en camión, y Walmart ya lo está pagando

Victor Maslow

Cada producto físico que se vende en Estados Unidos viaja en un camión. Y ese camión funciona con diésel. Con el crudo acercándose a los cien dólares por barril y los precios del combustible en máximos de varios años, el coste de ese diésel se ha incrustado en el precio de todo: alimentos, electrodomésticos, comida rápida, artículos del hogar. Jim Cramer, el comentarista de mercado de CNBC, ha puesto nombre al fenómeno: un recargo sobre los bienes de consumo que ningún miembro del Congreso ha debatido jamás y que ningún regulador ha aprobado.

La caracterización de Cramer no es un hallazgo regulatorio. Es un cálculo de cadena de suministro. Cuando sube el precio del diésel, los costes de flete suben con él, y los minoristas que envían mercancías por camión absorben la diferencia hasta que no pueden más. El resultado es una línea de coste de mercancías vendidas que funciona como un impuesto al consumo: universal en su alcance, imposible de eludir y completamente fuera del alcance de la responsabilidad política.

El director financiero de Walmart, John David Rainey, ha confirmado la magnitud. La compañía prevé ahora más de 2.000 millones de dólares en costes adicionales relacionados con el combustible para el año, una cifra que llega junto a los 2.900 millones de dólares en reembolsos arancelarios procedentes de ajustes de política comercial, casi anulándose mutuamente. El alivio comercial que llegó por un canal, los costes del diésel lo borran por otro.

McDonald’s ha citado el aumento de los gastos en alimentos, papel y mano de obra junto con el combustible, frenando sus plazos de expansión como resultado. En todo el sector de la restauración, la presión es visible: las acciones de McDonald’s caen más de un 15% en el año, el sector de consumo discrecional ha perdido más de un 6% en un mes, y el índice de confianza del consumidor de la Universidad de Michigan se sitúa en 55,2, por debajo del umbral de 60 puntos que históricamente ha acompañado a las recesiones.

Cramer reconoce el contraargumento: la creación de empleo y el crecimiento salarial han amortiguado hasta ahora el gasto del consumidor estadounidense frente a la carga del flete. El recargo se ha absorbido. Pero ese colchón es condicional. Una vez que el crecimiento del empleo se desacelere o la contratación se enfríe, la inflación acumulada impulsada por el combustible que atraviesa la cadena de suministro no tendrá ganancias de ingresos detrás de las que esconderse. Los minoristas que actualmente absorben costes al margen no tendrían a dónde trasladarlos salvo al precio de estante.

El rendimiento del bono del Tesoro a 10 años, en el 4,83%, también eleva el coste de financiar el inventario que los minoristas deben mantener para tener las estanterías abastecidas. Con los márgenes comprimidos por el lado del flete y los costes de endeudamiento elevados por el lado del capital, Walmart y McDonald’s ya están recalibrando. El próximo informe de empleo de Estados Unidos es la cifra que Cramer identifica como la variable que mantiene al consumidor en el juego, o no.

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