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Édgar Vittorino, el colombiano que España quería villano y García Márquez convirtió en Buendía

Penelope H. Fritz
Édgar Vittorino
Édgar Vittorino
Photo: Programa Satélite / CC BY 3.0, via Wikimedia Commons
Nacimiento10 de junio de 1988
Barranquilla, Colombia
OcupaciónActor
Conocido porBajocero, Centauro
Premios2 TVyNovelas (nominación)

Hay algo que José Arcadio Buendía lleva consigo a cada habitación que García Márquez describió como una suerte de peso: no exactamente violencia, sino la pura realidad de su persona, un cuerpo demasiado grande para la vida corriente, unos deseos que doblegan la lógica de cualquier espacio que lo contenga. Interpretar a ese personaje en la serie de Netflix en español más vista de los últimos tiempos exigía a un actor que entendiera el deseo y el peligro desde algo más que la mera técnica. Édgar Vittorino, que había pasado cuatro años encarnando precisamente ese tipo de presencia en el prime time español —como Freddy, el sicario colombiano de Vivir sin permiso—, lo entendía desde la experiencia acumulada.

Nació en 1988 en Barranquilla, el puerto caribeño que la propia familia de García Márquez dejó atrás rumbo a Aracataca, la geografía real que se esconde tras Macondo. En su ADN hay una versión menor de esa complejidad colombiana: un abuelo materno que emigró desde Scalea, Italia, huyendo de la Segunda Guerra Mundial; raíces afrocolombianas por ambas ramas familiares; la textura particular de la cultura costeña, donde estos hilos llevan generaciones entretejiéndose. Su padre ejercía la medicina; su madre trabajaba como bacterióloga. A los trece años, una representación teatral en su colegio abrió una brecha. A los quince ya actuaba con Teatro Vivo en las calles y parques de su ciudad natal, aprendiendo lo que significa retener a un público que podía decidir seguir caminando.

Lo que vino después fue metódico, de una manera que las carreras rara vez permiten. Se trasladó a Bogotá a los dieciocho años, obtuvo una beca para la academia de interpretación de Caracol Televisión bajo la dirección de Laura García y después llegaron años de telenovelas colombianas: todo el abanico técnico del culebrón, con sus plazos comprimidos y sus exigencias emocionales imposibles. Siguió formándose: en el Susan Batson Studio de Nueva York en 2012 y, a partir de 2016, en el estudio de Juan Carlos Corazza en Madrid, instalándose en salas en las que los actores colombianos rara vez tenían presencia.

Su primer papel reconocible a escala nacional llegó con La selección (2013-2014), donde interpretó a Carlos Valderrama, el futbolista conocido como El Pibe, cuyo improbable cabello rubio y preciso estilo de pase lo convirtieron en uno de los símbolos más cargados de la vida nacional colombiana. Interpretar a Valderrama no era un ejercicio de imitación, sino un problema de traducción: cómo convertir en verdad dramática, y no en una mera impresión, a un icono que sigue vivo y sigue siendo reconocible para todo un país. La interpretación le valió una nominación a los TVyNovelas y, más importante aún, otro tipo de visibilidad: la que nace de habitar a alguien sobre quien una nación entera ya tiene opiniones.

Madrid, cuando llegó para quedarse en 2018, tenía una idea muy concreta de lo que quería de un actor colombiano. Vivir sin permiso le asignó el cometido: Freddy, un sicario colombiano al servicio de un narcotraficante gallego, un villano cuya descripción de puesto el público español había visto en innumerables producciones. Lo que no habían visto era esta versión: un Freddy cuya amenaza se sustentaba en una lógica interna coherente, un hombre que ejercía la violencia porque las alternativas le habían sido arrebatadas, no porque la violencia fuera el registro natural de personas como él. La serie se emitió durante dos temporadas en Telecinco y convirtió a Vittorino en un rostro reconocible en un mercado donde los actores colombianos habían ocupado, en gran medida, posiciones periféricas.

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La tensión de su carrera entre 2020 y 2023 es la que la define: mientras Netflix y Amazon levantaban producciones en español a gran escala, Vittorino seguía consiguiendo papeles en El robo del siglo, Bajocero, Centauro (dirigida por Daniel Calparsoro), Desaparecidos y después en la improbable Narcosantos, una producción coreana de Netflix que necesitaba a un miembro del reparto hispanohablante y lo situó en un rodaje donde casi nadie compartía su idioma. Cada proyecto confirmó su amplitud de registros en distintos formatos. Ninguno logró deshacer del todo la gravedad del casting que seguía atrayéndolo hacia el mismo arquetipo —el hombre peligroso, la amenaza extranjera— que su identidad colombiana hacía tan conveniente para las producciones europeas.

Cien años de soledad respondió a la pregunta que aquellos papeles habían estado esquivando. La adaptación de Netflix de la novela de Gabriel García Márquez —un proyecto que generaciones de cineastas habían declarado imposible de filmar y cuyos derechos la familia García Márquez protegió durante cinco décadas antes de concederlos— se convirtió en un acontecimiento cultural antes de su estreno en diciembre de 2024. El José Arcadio de Vittorino es el hijo mayor de los Buendía: el que abandona Macondo con los gitanos, regresa tatuado, gigantesco e imposible de contener, se casa con Rebeca contra la lógica de la familia y de Dios, y atraviesa la historia con la fuerza de algo que el mundo acabará teniendo que procesar en lugar de comprender. En una producción cuya interpretación debía sostener el registro mítico de la novela sin caer en la parodia, él sostuvo ese registro desde dentro.

La conversación crítica en torno a Cien años de soledad se inclinó hacia la ambición visual de la serie y sus decisiones de adaptación: cómo el equipo de producción llevó a la pantalla las mariposas amarillas de Macondo, cómo la magia parecía ganada en vez de impuesta. Menos examinado fue lo que Vittorino aportó al problema específico de interpretar a un personaje cuya cualidad definitoria es el exceso. Había pasado años en producciones donde el exceso significaba violencia; aquí significaba algo más próximo a la tradición romántica latinoamericana: el hombre cuyos apetitos son tan absolutos que funcionan como una forma de heroísmo, por autodestructivos que sean. La parte 2 de la serie llegará a Netflix en agosto de 2026, completando el arco de la familia Buendía y la disolución final de Macondo.

Sigue activo en la industria colombiana a lo largo de todo este recorrido: Un padre muy madre (2025), una comedia romántica ambientada en la península de La Guajira, y Susana y Elvira: Sin Plan B, rodada en Palomino y próxima a llegar a Netflix, representan una apuesta deliberada por trabajos que no le exigen interpretar la idea de amenaza de nadie. A los treinta y ocho años, ocupa una posición que cuatro años de villanía en el prime time español hicieron posible, pero no podían haber anticipado: la del actor colombiano cuyo trabajo más visible habita ahora el mismo universo de ficción que la gran novela que jamás produjo su país.

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