Actores

Winona Ryder, la chica que vio demasiado pronto y volvió a saberlo

Penelope H. Fritz

Lo inolvidable de sus primeras interpretaciones está en los ojos. Hace de hijas que ven lo que los adultos eligen no ver. Hace de fugitivas que ya intuyen en qué acaba la huida. Veronica Sawyer mantiene la cara quieta mientras su mejor amiga ensaya crueldad delante de ella. Lydia Deetz puede ver a los muertos porque la alternativa es fingir que los vivos están prestando atención. La carrera que Winona Ryder construyó —y casi pierde— vive dentro de esa vigilancia. Cada papel decisivo plantea una variación de la misma pregunta: ¿qué le debe una chica a un mundo que insiste en pedirle que deje de darse cuenta?

Esa vigilancia tiene biografía. Sus padres le pusieron el nombre del condado de Minnesota en el que llegó al mundo a finales de octubre de 1971 y enseguida la llevaron al oeste: primero a una comuna en Mendocino donde convivían siete familias sin electricidad, después a una casa de tablones en Petaluma. Su padre, el librero anticuario Michael Horowitz, custodiaba primeras ediciones y los papeles de Timothy Leary; su madre, Cynthia Palmer, llevaba una cooperativa de cine. Por allí pasaron Allen Ginsberg y Philip K. Dick. A los doce ya recibía clases en el American Conservatory Theater de San Francisco. A los catorce tenía una prueba de cámara y un apellido prestado: Ryder, por el cantante que sonaba en el equipo de su padre cuando la directora de casting preguntó cómo se llamaba.

La marca se construyó sobre la franja adolescente. Lucas, Bitelchús con Tim Burton, la todavía insuperable Escuela de jóvenes asesinos, en la que el rostro impasible de Veronica fue la primera vez que una comedia juvenil dejó a una chica ser más inteligente que el chico armado. Cumplió los dieciocho y Burton volvió a llamarla para Eduardo Manostijeras; Cher la eligió para Sirenas; la prensa decidió que era el rostro de su generación. Coppola la convirtió en Mina Murray en Drácula, de Bram Stoker. Con veintiún años, Scorsese la eligió como May Welland en La edad de la inocencia: un Globo de Oro y una candidatura al Oscar por una May que lo sabe todo y decide actuar como si no supiera nada. Es lo más parecido a una declaración de principios que produjo su primera etapa.

Al año siguiente llegó la segunda candidatura al Oscar por Jo March en Mujercitas, la Alcott de Gillian Armstrong. En Bocados de realidad fue Lelaina, la estudiante de documental que ya sospecha que a su generación le van a mentir sobre sí misma. Alien: Resurrección la subió a una nave de Ripley. A finales de los noventa tenía la clase de filmografía que debería haber desembocado en una productora propia y una balda con un Oscar. En lugar de eso compró los derechos del libro de memorias de Susanna Kaysen, que adoraba desde su adolescencia, y produjo Inocencia interrumpida apostando por su propia interpretación de Susanna. La película convirtió a Angelina Jolie en estrella. A ella no le pagó la apuesta. El pivote se vio desde la butaca.

El 12 de diciembre de 2001 la detuvieron en un Saks Fifth Avenue de Beverly Hills con mercancía que la fiscalía valoró en 5.560 dólares y una cantidad de un analgésico opiáceo sin receta. Al año siguiente la condenaron por hurto mayor y por sustracción, fue absuelta del cargo de robo con allanamiento y le impusieron libertad condicional, 480 horas de servicios a la comunidad, multas, restitución y terapia. Los delitos graves se rebajaron a faltas en 2004 y la libertad condicional se cerró en 2005. El expediente jurídico es breve. El cultural fue muy largo. Casi una década estuvo reducida a chiste recurrente del Saturday Night Live y a relleno de prensa rosa: la apuesta del sistema por convertir a una mujer de treinta años en notoriedad escarmentada, mientras varones de su quinta acusados de cosas peores no perdían carrera. Los papeles protagonistas que Hollywood habría absorbido si los hubiera firmado un hombre se quedaron sin leerse. Ella siguió trabajando a tramos —El millonario, A Scanner Darkly de Linklater, el Philip K. Dick para el que su infancia parecía haberla preparado—, pero la silla del protagonismo no volvió hasta que J. J. Abrams la metió en Star Trek y Aronofsky en Cisne negro. Para entonces llevaba fuera de la cabecera de cartel casi media vida como actriz.

Los hermanos Duffer la ficharon en 2015 porque habían crecido viéndola interpretar adolescentes que se negaban a que las hicieran dudar de lo que habían visto. Joyce Byers, la madre soltera de Hawkins cuyo hijo desaparece en una dimensión paralela y que se obstina contra todos los adultos del pueblo en sostener que no ha leído mal las pruebas, es esa misma vigilancia con cuarenta años. El papel la presentó a una audiencia que no había nacido cuando se emitía la parodia del SNL y le proporcionó la siguiente década de trabajo. En 2020 hizo La conjura contra América de David Simon como Evelyn Finkel, la tía Roth que confunde a un fascista con una vía de respetabilidad. En 2024 regresó a Lydia Deetz en Bitelchús Bitelchús, de Tim Burton: 452 millones de dólares de recaudación que la crítica leyó como reivindicación de Burton y que se entendía mejor como reivindicación suya. Cuando Stranger Things cerró con tres entregas en Netflix a finales de 2025 y los Duffer pusieron en manos de Joyce el hacha que termina con Vecna —’te has metido con la familia equivocada’—, el regreso había dejado de ser un regreso.

En febrero de 2026 se anunció que estaría en la tercera temporada de Miércoles junto a Jenna Ortega, en un papel recurrente llamado Tabitha: su tercer proyecto con Burton en tres años, después de Bitelchús Bitelchús y del cameo en el videoclip PUNK ROCKY de A$AP Rocky que Burton ayudó a coreografiar a principios de año. Ese mismo mes, Balenciaga la nombró embajadora mundial de su campaña Heart and Body. Tiene cincuenta y cuatro años. La voz mantiene la misma calma que han tenido siempre los ojos. La sospecha que aquella chica vigilante parecía cargar —la de que el mundo premia no enterarse de nada— se ha convertido en aquello con lo que la mujer cobra por estar en desacuerdo delante de una cámara. Nada en el segundo acto parece accidental.

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