Análisis

Memorias del ex CEO de Disney Bob Chapek: abonados, mal negocio. Disney no rectificó

En Behind the Castle Walls, el ex CEO de Disney Bob Chapek tacha a los abonados anuales de Disneyland de pésimo negocio para la empresa y asume las subidas que vinieron después. La revelación de fondo es otra: la estrategia nunca fue solo suya, y todavía gobierna el parque.
Molly Se-kyung
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Bob Chapek ha escrito la confesión que los fans más fieles de Disneyland llevaban tiempo temiendo. En sus memorias, Behind the Castle Walls («Tras los muros del castillo»), el ex CEO de Disney sostiene que los abonados anuales del parque, esos vecinos que se pasan al salir del trabajo y se saben cada cola de memoria, eran «un negocio fantástico para el abonado, pero uno terrible para Disney». Llegó a plantearse suprimir los pases sin más. Se conformó, según sus propias palabras, con cambiar la cuenta.

Buena parte de la prensa lo ha leído como el villano que por fin confiesa la trama. Esa lectura es demasiado cómoda. Lo más útil del relato de Chapek no es su franqueza sobre los abonados. Es el reparto. Según su versión, la reforma del abono fue un trabajo de equipo, y uno de sus arquitectos dirige hoy la Walt Disney Company. Disney despidió al hombre que dijo en voz alta lo que no se dice. Se quedó con la aritmética.

Eso importa mucho más allá de Anaheim. Quien tenga un abono de temporada, una cuota de gimnasio o una suscripción vendida con la promesa de lo «ilimitado» vive dentro del mismo cálculo. El libro de Chapek es la declaración más clara hasta ahora, firmada por alguien que manejó la máquina, de lo que ocurre cuando una empresa decide que sus clientes más devotos son los que menos valen.

Lo que dice Bob Chapek de los abonados de Disneyland

El pasaje que ha desatado la reacción de esta semana lo citó primero Brady MacDonald en el Orange County Register. Chapek, que asumió la división de parques de Disney en 2015, describe un Disneyland que para entonces ya no tenía una temporada baja real. Los pases anuales, creados en 1983 para llenar el parque los días flojos, se habían convertido en un programa de 1,1 millones de titulares que podían presentarse cuando quisieran. Según el resumen del libro que hace el Register, los turistas de otros estados valían seis veces más por día que los locales. BlogMickey, que repasó el capítulo, sitúa las cifras de Chapek en unos 25 dólares estadounidenses diarios por abonado frecuente frente a unos 150 de los demás visitantes.

Disney, en su expresión, estaba «dejando oportunidades de ingresos sobre la mesa para no remover el avispero». Dos normas de la casa se interponían: un «principio no escrito» según el cual todo visitante merecía la misma experiencia y una «virtud inviolable», la de tratar a todos por igual. Chapek trató ambas como dogma. Escribe que la empresa sabía que «nos iban a despellejar» si intentaba eliminar los pases anuales por completo, así que el plan pasó a ser «cambiar la cuenta»: entradas por niveles, pases más caros y un sistema de reservas que sobrevivió a la pandemia que lo hizo nacer.

Las cifras de las que más presume son contundentes. El pase más caro de Disneyland costaba 699 dólares cuando él llegó a los parques y 1.599 cuando lo despidieron como CEO en 2022, un aumento del 128 %, según el Register. El Magic Key más caro (así se llama hoy el pase anual del parque) cuesta ahora 1.899 dólares. Variety, que obtuvo un ejemplar anticipado, cita su balance de la primera ronda de subidas: los abonados bajaron de 1,1 millones a un millón, los ingresos subieron y «lo consideré una victoria enorme».

Lo que escuece es el tono. Julie Tremaine escribió en SFGATE que Chapek, a quien los fans pintan desde hace años como el villano de dibujos animados de Disney, «abraza por completo la caricatura». Describe a los abonados como «Disney Adults», adultos para quienes la marca ocupa el centro de su vida, y concluye que «los Disney Adults locales no movían la economía del parque con su pase anual». Las reservas, escribe, eran una «herejía» para los fans que querían presentarse por capricho, y «fui yo a quien emplumaron cuando el sistema de reservas resultó impopular entre los superfans».

El plan de Chapek contra los abonados tuvo más de un autor

Aquí las memorias se vuelven más interesantes que un ajuste de cuentas. BlogMickey, que leyó el capítulo que Chapek titula «The Theme Park Revolution» («La revolución de los parques temáticos»), cuenta que atribuye el diagnóstico central a dos lugartenientes. Michael Colglazier y Josh D’Amaro, que entonces dirigía las operaciones del complejo de Orlando, estudiaron con él el programa de pases y concluyeron, según el relato de Chapek, que era un negocio fantástico para los abonados y uno terrible para Disney. Sabían que eliminar los pases desataría duras críticas y optaron por subir precios y moldear la demanda con nuevas estructuras de entradas. Todos, escribe Chapek, coincidían en el problema, la oportunidad y la solución.

D’Amaro se convirtió este año en consejero delegado de Disney. En la versión de Chapek tampoco fue un espectador del sistema de reservas: Chapek lo llama la «punta de mi lanza» en su despliegue. BlogMickey, cuyos redactores estaban entre los abonados que protestaban por aquellas reservas, aporta su propio registro. En el verano de 2020, D’Amaro incluyó la tecnología de reservas entre las herramientas que sostenían a Disney durante la pandemia y dijo: «Creo que han venido para quedarse». Se quedaron. Los abonados de Disneyland todavía tienen que reservar sus días de parque.

Nada de esto convierte a D’Amaro en autor de cada subida, y Chapek tiene motivos propios para repartir el mérito: presenta a D’Amaro como un protegido al que él mismo puso en la lista de sucesión. Los representantes de Disney y de Bob Iger declinaron hacer comentarios a Variety, y en Disney, según la revista, ven el libro como una historia revisionista y parcial. Disney, por ahora, no ha ofrecido su propia versión de quién decidió qué.

El mejor argumento a favor de las cuentas de Bob Chapek

La defensa de Chapek merece una escucha justa, y es más sólida de lo que admiten los foros de fans. Disneyland no puede ensanchar sus calles al ritmo de la demanda. Una familia que llega en avión desde otro continente quizá lo visite una vez por década; si pasa ese día en colas interminables detrás de vecinos que volverán la semana siguiente, Disney le ha fallado al visitante que más se juega. El precio es la forma de racionar casi todo lo escaso, y el propio Chapek recurre a la comparación con las aerolíneas: Delta sube las tarifas cuando crece la demanda, así que ¿por qué no iba a hacerlo Disney?

Hasta los críticos conceden una parte. Tremaine, nada admiradora suya, escribe que muchos visitantes que podían permitirse el gasto extra sí notaron una experiencia mejor, y que pagar por saltarse colas parece un pequeño añadido cuando la entrada de un día ya supera los 200 dólares. Chapek añade que los beneficios le permitieron atender a los empleados que reclamaban 20 dólares la hora, y que mantuvo la entrada diaria más barata de Disney en 99 dólares mientras dirigió los parques. Según su propio cálculo, los visitantes molestos con su estrategia eran más o menos una quinta parte del público, mientras la satisfacción general subía. Si la alternativa era un parque por el que nadie podía moverse, un público más pequeño y más rico es una opción defendible.

Por qué la defensa se desmorona en Disneyland

El problema es lo que el libro de cuentas deja fuera. Un abonado que gasta 25 dólares al día solo es un mal cliente si se cuenta día a día. Los pases son la manera en que una familia local mantiene viva la costumbre del parque a lo largo de una infancia, y los habituales aportan buena parte del saber, el ritual y el bullicio que hacen que Disneyland parezca habitado al turista que va una sola vez. Tremaine sostiene que el giro hacia el visitante de fuera ha erosionado el vínculo del parque con quienes más cuidan sus tradiciones y su cultura. Chapek archiva el «principio no escrito» de la igualdad de trato como dogma heredado. Estaba más cerca del producto.

El historial desde los cierres de la pandemia también desmiente que el canje comprara un parque mejor. SFGATE recuerda los despidos, los recortes en espectáculos en vivo y en mantenimiento, y una información del Wall Street Journal de 2022 según la cual las paradas y averías de atracciones en Disneyland habían crecido casi un 60 % desde 2018. En 2025, señala SFGATE, el Journal informó de que hasta los empleados de Disney temían que la empresa se hubiera vuelto «adicta a las subidas de precios» y hubiera «alcanzado el límite de lo que pueden pagar los estadounidenses de clase media». El Dream Key, el nivel superior del Magic Key, vendido sin fechas bloqueadas, acabó en una demanda cuando sus titulares vieron lo difícil que era conseguir reservas; según Inside the Magic, Disney pactó 9,5 millones de dólares, repartidos entre más de 100.000 antiguos titulares, sin admitir culpa.

Y luego está Bob Iger. De vuelta al mando, dijo en una conferencia de Morgan Stanley en marzo de 2023 que «en nuestro afán por aumentar los beneficios, quizá fuimos un poco demasiado agresivos con algunos de nuestros precios». La réplica de Chapek en el libro es afilada: en los dos años siguientes, escribe, Iger «subió los precios varias veces». Ambas cosas pueden ser ciertas. Esa es la clave. La disculpa cubrió el tono. La política se quedó.

Qué cambió la ronda de precios de octubre en Disneyland, y qué dejó intacto

La ronda de precios de este mes en Disneyland parece, a primera vista, una enmienda a Chapek. El 6 de octubre, Disney dejó sin tocar los precios del Magic Key, subió algunos niveles de entradas apenas 5 dólares y eliminó la penalización a los abonados que reservaban días de parque y no se presentaban, según informaron el Register, SFGATE e Inside the Magic. En verano vendió entradas solo de tarde por 59 dólares, y desde mayo incluye una tarjeta de restauración con las renovaciones del Magic Key. Preguntado en la junta de accionistas de Disney en marzo por cómo equilibraría beneficios y satisfacción del visitante, D’Amaro dijo, según Deadline, que «una visita a un parque Disney es una inversión importante para las familias que nos visitan» y que cada visitante debería «sentir que su experiencia merece la pena».

Leídas con atención, son concesiones en los márgenes de una arquitectura que sigue intacta. El sistema de reservas, que Chapek describe como una forma de limitar cuántos abonados acuden un día concreto, sigue ahí. Los precios por niveles siguen llevando la entrada de un día de 104 a 224 dólares. El Magic Key más caro sigue costando 1.899 dólares, casi el triple de lo que costaba el mejor pase cuando Chapek se hizo cargo de los parques. El veredicto de BlogMickey resume toda la saga: Chapek se fue hace tiempo, pero usar el precio para gestionar la demanda sigue siendo política de Disney.

Lo que demuestran las memorias y lo que sigue siendo palabra de Chapek

Consta: Behind the Castle Walls: My Thirty Years at the Happiest Place on Earth, escrito con Don Yaeger y publicado el 29 de septiembre de 2026 por Gallery Books, sello de Simon & Schuster, contiene los pasajes sobre los abonados que citan el Orange County Register, SFGATE, Variety e Inside the Magic. Los precios de 699, 1.599 y 1.899 dólares y la congelación de este mes en las tarifas del Magic Key los han publicado varios medios. Chapek repitió su queja más amplia en Squawk Box, de CNBC, donde dijo que trasladaba sus reservas sobre Iger al consejo de Disney «cada semana».

Solo la palabra de Chapek: la brecha de gasto de seis a uno, las cifras de 25 y 150 dólares, la afirmación de que los visitantes descontentos eran una quinta parte del público, la subida de la satisfacción y el relato de D’Amaro y Colglazier como codiseñadores de la estrategia de pases. DisneyBlog ha advertido de que sus cifras son un relato retrospectivo y no datos verificados de la empresa, y Disney no las ha respondido. Nuestra lectura, que la política de abonos fue una decisión institucional y no la cruzada de un solo directivo, es una interpretación construida sobre ese relato y sobre lo que Disney ha hecho después.

Chapek insiste en que la respuesta a qué hizo mal es «nada». En lo que toca a los abonados, la conducta de Disney desde noviembre de 2022 sugiere que la empresa está, en gran medida, de acuerdo. Simplemente prefiere que sea otro quien lo diga.

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