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No se desea buena suerte en Netflix: el drama de verdad empieza cuando cae el telón

Martha O'Hara

El escenario está a media luz cuando aparece Sophie Birenbaum. Un baño azulado cae sobre los bastidores pintados, el proscenio está gastado en los bordes y una única luz de trabajo arde ámbar sobre un auditorio que todos los demás ya han abandonado. Julia Hart filma un teatro de instituto como filma cualquier habitación: un espacio que contiene mucho más sentimiento del que su presupuesto debería permitir. Aquí Sophie está a salvo. Tiene el papel protagonista del musical del colegio, se sabe cada compás y, mientras el telón siga arriba, puede ser una chica cuyos problemas se resuelven a tiempo, en tres actos.

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No se desea buena suerte trata de lo que ocurre cuando empieza la otra función. Sophie es una chica de teatro metida de lleno en los ensayos cuando el drama de casa crece más que el del escenario, y toda la arquitectura de la película descansa sobre esa colisión. De un lado, la interpretación que ella controla, marcada y ensayada hasta la memoria muscular. Del otro, una trama familiar que llega sin guion, se niega a obedecer su dirección y no espera al entreacto. Es un musical de iniciación en el que el musical es justo lo que la chica usa para mantener a raya la iniciación.

Esa estructura es el verdadero argumento de la película, y es deliberado. Hart monta en paralelo las dos funciones, de modo que el drama ensayado promete una y otra vez una resolución que el drama doméstico nunca concederá. Cada vez que la producción escolar se acerca a su final ordenado, la casa a la que pertenece se aleja un poco más del suyo. La forma dice lo que el diálogo calla: la adolescencia es la temporada en que descubres que la vida no tiene regidor entre bambalinas.

Julia Hart es la razón de que la premisa pese más que su sinopsis. Firmó Fast Color y Yo soy tu mujer, y nunca ha tratado la adolescencia como un chiste. Filma la interioridad adolescente en color cercano y paciente, sostiene un rostro un segundo más de lo cómodo y deja que una cocina enmudezca en vez de llenarla con una broma. Aquí ilumina un auditorio corriente y una cocina familiar corriente con el mismo cuidado, y esa igualdad es el asunto. La gramática visual rechaza el ritmo de gag que el estudio detrás del proyecto tiene por marca.

El reparto está construido para recompensar esa paciencia. Sunny Sandler lleva el papel de Sophie tras su aparición en No estás invitado a mi Bar Mitzvah, rodeada de intérpretes capaces de volver grave una escena en un solo corte. Melanie Lynskey es su madre, Elizabeth Birenbaum, con esa meteorología contenida que es ya su firma. Alrededor se mueven Max Greenfield, Stephanie Beatriz, Bebe Neuwirth, Steve Buscemi y Jon Lovitz, rostros que sostienen la comedia y su reverso a la vez.

El título es toda la ética en cuatro palabras. En la superstición teatral nunca se desea buena suerte antes de una función; se dice lo contrario, o no se dice nada, porque nombrar el deseo se cree que lo rompe. La familia de Sophie tiene su propia versión de esa regla, un conjunto de cosas deliberadamente calladas para que la función continúe. La película insiste en ese silencio, en la distancia entre lo que un hogar ensaya en público y lo que no logra decir en voz alta.

Hay un motivo para que una chica de teatro sea la protagonista exacta de este momento cultural. Los adolescentes actúan hoy su vida de forma más o menos continua, ante una clase, un feed, una solicitud universitaria, un público que nunca se apaga del todo. La chica de teatro es esa condición hecha literal y, por una vez, mirada con simpatía: ha elegido el lugar más honesto que encuentra para sus emociones, tras las candilejas, dentro de un papel donde el sentimiento se permite porque está escrito.

Llega además como un objeto muy concreto de Netflix. Es una producción de Happy Madison, Adam Sandler entregando a su hija un protagónico como antes entregó carreras a sus amigos, y la lectura fácil se escribe sola: nepotismo con marquesina. La lectura más interesante es estructural: una fábrica de comedia de trazo ancho ha hecho una película que funciona en miniatura, donde el mayor acontecimiento es una decisión interior. Lo que el saludo final no puede resolver es la familia sentada en la oscuridad, y Hart parece saberlo. El musical terminará; Sophie hará su reverencia bajo esa luz ámbar; y quienes fueron a verla seguirán siendo quienes eran, con el viaje de vuelta a casa por delante.

No se desea buena suerte se estrena en todo el mundo en Netflix el 14 de agosto de 2026. Dirigida por Julia Hart a partir de un guion de Laura Hankin, Jordan Horowitz y la propia Hart, dura 110 minutos y está producida por Happy Madison Productions con Range Media Partners. La protagonizan Sunny Sandler, Melanie Lynskey, Max Greenfield, Stephanie Beatriz, Bebe Neuwirth, Steve Buscemi y Jon Lovitz.

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