Finanzas y Negocios

El acuerdo de Avianca con Yeferson Cossio es un manual para tratar a los influencers

Victor Maslow

Cuando una aerolínea de toda la vida se sienta frente a una estrella de las redes sociales y califica el resultado de justicia restaurativa, la historia deja de ir sobre un mal olor en un avión. Avianca no se limitó a sancionar a Yeferson Cossio. Redactó una plantilla de cómo una marca de la vieja economía pretende gestionar a las personas cuyo alcance hoy rivaliza con el suyo.

La cobertura lo ha tratado como cotilleo de famosos: el influencer vetado en la cabina, la defensa de la broma accidental, la disculpa extraída. Ese encuadre pasa por alto la jugada de fondo. Avianca empezó amenazando con los tribunales y acabó optando por un acuerdo negociado que podía moldear, nombrar y publicitar enteramente en sus propios términos.

El incidente fue real y fue grave. Un dispositivo de olor químico se activó dentro de una cabina sellada y presurizada donde el aire se recircula, en un largo trayecto Bogotá-Madrid cruzando el Atlántico, lejos de cualquier aeropuerto al que desviarse. Avianca rescindió su contrato de transporte, canceló su vuelo de regreso y anunció que emprendería acciones legales. El vocabulario era de tolerancia cero; la seguridad, insistió la aerolínea, no es negociable.

Luego la postura se suavizó hacia la conciliación. Cossio aceptó no volar con Avianca durante un año, hasta agosto de 2027, se disculpó ante la compañía, su tripulación y sus pasajeros, y se comprometió a no repetir la conducta. Avianca, por su parte, acordó retirar las acciones restantes siempre que él cumpliera. Ambas partes se llevaron algo: la aerolínea un acto público de contrición, el creador una salida sin sala de vistas, sin batalla penal y sin una herida de marca que no pueda superar.

Compare el resultado con lo que estaba en juego y la asimetría es difícil de pasar por alto. Una liberación química sobre el océano, según la propia versión de Avianca una amenaza para la seguridad operativa, resuelta con una disculpa y un tiempo muerto de doce meses. Un pasajero sin seguidores que hiciera lo mismo podría esperar encontrarse con la policía en la puerta de embarque. La diferencia es una audiencia de millones y el radio de onda expansiva reputacional que conllevaría un proceso judicial prolongado contra un creador querido. Justicia restaurativa es el lenguaje. El apalancamiento es el mecanismo.

La parte más reveladora aquí es la aerolínea. Avianca ha aprovechado el episodio para respaldar un proyecto de ley colombiano que endurecería las sanciones para pasajeros disruptivos, convirtiendo un momento viral en una palanca sobre la legislación aeronáutica nacional. Y ha fabricado algo más duradero que una multa: un procedimiento repetible, completo con su propia redacción, para la próxima vez que un creador trate la cabina como un plató. Reconocimiento, reparación, no repetición: una fórmula que puedes archivar y reutilizar.

Aquí es donde el dinero y la cultura realmente se encuentran. La economía del creador ha pasado una década aprendiendo que puede doblegar plataformas, patrocinadores y ahora aerolíneas amenazando con montar un escándalo. La respuesta de Avianca no es gritar más alto sino institucionalizar la réplica — hacer que la disciplina parezca reconciliación y almacenarla como política. Es la versión corporativa de aprender a vivir con una fuerza que simplemente no puedes prohibir.

El acuerdo se registrará en una cámara de comercio como unas cuantas líneas asépticas de justicia restaurativa. En algún lugar del departamento jurídico de Avianca es también un primer borrador — el documento al que recurrirán la próxima vez que un teléfono salga a treinta mil pies.

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