Cine

Paul Mescal será McCartney, pero el ‘actor serio’ se está convirtiendo en una marca

Camille Lefèvre

Hay una expresión que Paul Mescal ha hecho suya: un dolor contenido justo bajo la piel, legible para nosotros antes de que el personaje encuentre palabras para nombrarlo. Es la razón por la que su ascenso se ha sentido menos como una escalada que como un reconocimiento: la sensación de que ya conocíamos ese rostro, de que estaba esperando a que nos lo mostraran. El consenso se ha decantado por un relato halagador: he aquí al joven actor más versátil de su generación, un artista capaz de pasar del indie susurrado al blockbuster imperial sin costuras. Sin embargo, basta observar sus ojos a lo largo de su obra para que aflore un hecho más interesante. El registro que todos elogian es un único instrumento, interpretado con un control poco común.

Desde las habitaciones en penumbra de la serie que le reveló al público hasta la melancolía costera que le convirtió en reclamo de festivales, y después en la historia de fantasmas que le permitió llorar a un padre al que nunca había llorado, el tono apenas se ha movido: el hombre herido que se contiene, la pena que se filtra de soslayo. Incluso la arena y el espectáculo de su incursión romana inclinaron el ruedo hacia la interioridad, como si la película se hubiera reajustado para acoger un primer plano en vez de una conquista. Lo que en un currículo parece amplitud de papeles es, en realidad, la profundidad de una sola nota.

El patrón ya resulta visible incluso para sus admiradores. En la recepción de Hamnet, de Chloé Zhao —la muerte en el corazón de la casa de Shakespeare, con Mescal frente a Jessie Buckley—, los elogios siguen llegando con una salvedad: cuesta imaginar a otra persona en el papel, pero esa misma inevitabilidad empieza a parecer encasillamiento. Es la paradoja de una firma. Aquello que vuelve irremplazable a un intérprete es también lo que lo hace predecible, y la línea entre ambas cosas es donde un estilo se convierte discretamente en una marca.

Su próximo paso pretende leerse como el salto más amplio hasta la fecha. Mescal interpretará a Paul McCartney en el proyecto de los Beatles de Sam Mendes: cuatro películas, una por miembro, concebidas para estrenarse a la vez como lo que Mendes ha denominado una experiencia cinematográfica para darse un atracón. Sobre el papel, es el salto de la miniatura de prestigio al lienzo más grande que el sistema de estudios aún se molesta en desplegar. Pero el reparto es un argumento, y el argumento aquí resulta conocido. McCartney, en el mito heredado, es el superviviente: el melodista que queda para cargar con la pena de aquello en lo que se convirtió la banda. Mendes no contrata a un camaleón. Contrata el instrumento que ya conoce.

Esta no es la manida queja sobre un actor serio que se vende al dinero de las franquicias. El cine de autor siempre ha funcionado con intérpretes que aportan una verdad propia y dejan que el director componga a su alrededor; el punto fijo es un regalo, no un defecto. El riesgo al que se expone Mescal es más sutil. Una firma lo bastante eficiente como para absorber cada giro en la misma tonalidad deja de ser una elección y empieza a comportarse como una cadena de suministro. La persona pública preclasifica las ofertas, moldea las interpretaciones antes de que la cámara se ponga en marcha y cierra el paso —sin que nadie lo decida— a los papeles que no encajan en esa tonalidad.

Convenientemente, el veredicto ya está en el calendario. Merrily We Roll Along, de Richard Linklater, rodada en tiempo real a lo largo de dos décadas, hará que Mescal envejezca desde un idealista magullado hasta la transigencia: comedia, canción, el paso del tiempo como recurso formal en sí mismo. El largometraje del bayou de Benh Zeitlin le entrega el papel de un forajido condenado al infierno, un cuerpo en movimiento en lugar de un hombre de luto. Esas sí son salidas de su registro que el papel de McCartney, por mucha escala que tenga, no representa. Son los papeles que dirán si ese registro es un rango o una jaula.

Una marca es una promesa que cumples. La pregunta que Mescal responderá es si aún quiere seguir rompiendo la suya: si el actor que enseñó a una generación a leer el dolor antes de que hable preferirá sorprendernos o, sencillamente, ser reconocido.

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