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Erling Haaland falló en Anfield y después marcó el gol que explica cómo convive el Manchester City con su veredicto de culpabilidad

Jack T. Taylor
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La primera vez que Anfield le concedió a Erling Haaland una ocasión clara, intentó resolverla como si fuera fácil. Antoine Semenyo filtró el balón, la defensa quedó atrás y Haaland solo tenía a Alisson delante. Eligió la opción más suave, una vaselina sobre el portero que salía, y vio cómo el balón se marchaba fuera.

La segunda vez, no intentó que nada pareciera de ninguna manera. Menos de tres minutos después de la expulsión de Ryan Gravenberch, Jérémy Doku se internó en el área, el balón quedó suelto en el centro y Haaland lo golpeó con todas sus fuerzas. Sin levantarlo ni buscar el engaño: un disparo raso y potente, al lado izquierdo de la portería. Así abrió el marcador de una victoria por 3-0 del Manchester City en Liverpool, en el primer partido del club desde que una comisión independiente lo declaró culpable de 114 cargos de la Premier League.

Juntas, las dos ocasiones resumen toda la tarde. El City no ganó en Anfield imponiéndose al ruido. Lo hizo reduciendo su mundo al siguiente balón, y Haaland, el rostro más reconocible de este equipo, mostró cómo se hace con un solo movimiento de pierna.

El ruido antes de que echara a rodar el balón

El veredicto llegó al césped antes que los jugadores. Pitaron al City durante el calentamiento y de nuevo antes del inicio, y la grada local los llamó tramposos. Elliot Anderson dijo que los abucheos de los diez primeros minutos fueron «claramente más intensos de lo normal». Las primeras entradas del Liverpool fueron duras y los compases iniciales, frenéticos más que fluidos.

El caso que está detrás de los cánticos es grave y sigue abierto. La comisión declaró culpable al City de 114 de los 115 cargos presentados contra el club, relativos a infracciones de las normas financieras de la liga entre las temporadas 2009-10 y 2017-18, así como a la falta de cooperación con la investigación. El City niega haber cometido irregularidad alguna y ha recurrido. Todavía no se ha decidido ninguna sanción y el recurso podría prolongarse hasta el año que viene. Nada de lo ocurrido en Anfield cambia eso.

Lo que sí deja ver es cómo un grupo de futbolistas carga con un peso del que no puede desprenderse. Haaland llegó al City en 2022, años después del periodo investigado. Aun así, sale al campo como el rostro del club y, en un estadio como este, es el primero en recibir el ruido. Un jugador en esa situación puede equivocarse de dos maneras: intentar responder a todo a la vez o dejar que el ruido lo vuelva vacilante. La primera ocasión apuntó a lo segundo.

Una hora sin nada

Durante una hora, el Liverpool fue superior, y su entrenador, Andoni Iraola, lo reconoció claramente después. Lewis Koumas, que disputaba su primer partido como titular en la Premier League y era la referencia de un ataque sin Alexander Isak, Cody Gakpo ni Dominik Szoboszlai, disparó al comienzo de la segunda parte; el balón rebotó en Marc Guéhi y Gianluigi Donnarumma tuvo que despejarlo con la palma. Gravenberch obligó al portero a realizar otra parada. Alexis Mac Allister recibió el rechace y envió un disparo con efecto que se marchó rozando el poste.

El City, pese a haber dominado la temporada hasta entonces, apenas había producido nada. Sky Sports cifró en 0,16 sus goles esperados antes de la tarjeta roja. Es el registro de un equipo que resiste, no de uno que impone su juego, y da contexto al fallo de Haaland: había sido la única ocasión que el City había encontrado y la había desperdiciado.

Conviene precisar qué clase de fallo fue, porque ahí está el punto de inflexión del artículo. No fue un disparo mordido ni un mal control. Fue una elección: una definición delicada, de esas que quedan mejor cuando terminan en gol. En una tarde hecha para poner a prueba los nervios, optó por la elegancia. Es el error más humano del fútbol y también el más revelador.

La tarjeta y los tres minutos siguientes

Gravenberch vio una tarjeta amarilla al comienzo de la segunda parte por una entrada sobre Anderson. Iraola se enfadó mucho por esa primera tarjeta. «Creo que la primera falta de Ryan no es amarilla en ningún caso, nunca», dijo. «En partidos de este tipo, basta con pisar un poco el dedo gordo del pie o hacer algo menor». Alrededor de la hora de juego, Gravenberch frenó un contraataque de Doku y el árbitro, Chris Kavanagh, le mostró la segunda amarilla.

Entonces, el partido que el City no había conseguido jugar se presentó de golpe. Haaland marcó primero, con aquella definición rasa y nada vistosa. Tres minutos después, Doku recortó desde la izquierda y colocó un disparo con efecto por encima de Alisson, en la escuadra. Diez minutos más tarde, Rayan Cherki combinó con Joško Gvardiol, sentó a Jeremie Frimpong y envió el balón por debajo de Alisson. Tres goles en trece minutos.

«Creo que jugamos dos partidos distintos», dijo Iraola, «uno hasta la tarjeta roja y otro desde la expulsión hasta el final». Tenía razón, y su queja por la primera amarilla estaba justificada. Pero ese segundo partido aún tenía que ganarlo alguien, y el primero en hacerlo fue precisamente el que acababa de fallar.

«Céntrate en lo que puedes cambiar»

Las palabras de Haaland después del partido no fueron las de alguien que celebrara haber lanzado un mensaje. Fueron las de alguien que había decidido concentrarse en lo que tenía delante. «Se trata de momentos como este», dijo a Sky Sports. «Mantenerse fuertes mentalmente, permanecer unidos». No recurrió a la provocación. «Fue duro y difícil, pero mostramos un carácter increíble. Estoy muy orgulloso de todos».

Cuando le preguntaron si los abucheos habían sido distintos, no entró al trapo. «La verdad es que no, siempre es difícil venir aquí», dijo, y encajó la tarde en una rivalidad más larga: «En la época de Pep y Klopp, fue muy difícil para los dos equipos». Incluso su frase más cálida miró hacia fuera, a los aficionados desplazados y no a sí mismo: «Para todos y cada uno de los aficionados, este es un momento precioso que nos acompañará durante mucho tiempo».

Ese es el rasgo que dejó al descubierto la tarde. Ni arrogancia ni agravio, sino una reducción deliberada del foco: la siguiente ocasión, la siguiente carrera, lo siguiente que un delantero sí puede controlar. La vaselina era la de un jugador que aún cargaba con todo el estadio. La definición fue la de alguien que había dejado ese peso en el suelo.

Enzo Maresca, en su primera temporada al frente del equipo, habló en la misma línea. «Tenemos que aprender a lidiar con el ruido porque nos acompañará en todos los partidos fuera de casa», dijo. «Nuestro ruido consiste en ganar partidos como el de hoy». Anderson, al preguntarle por el ambiente, respondió lo mismo: «Creo que hicimos un gran trabajo para silenciar a la afición».

Lo que una victoria en Anfield no puede resolver

El resultado tiene un gran impacto en la clasificación. El City ha ganado sus seis partidos de liga, lidera la tabla con 18 puntos y aventaja en tres al Arsenal y en nueve al Liverpool, que perdió por primera vez con Iraola. En una temporada normal, sería un arranque de los que empiezan a marcar el rumbo de la lucha por el título.

Esta no es una temporada normal, y hay límites a lo que puede concluirse honestamente de esta tarde. Una victoria en Anfield responde al Liverpool. No responde a la comisión. El propio Maresca marcó esa línea cuando le preguntaron por el caso: «Ojalá pueda hablar de esta situación cuando ganemos el recurso». Hasta entonces, es probable que todos los estadios visitantes de Inglaterra suenen como sonó Anfield, y los jugadores seguirán dando la cara por decisiones tomadas antes de que muchos de ellos llegaran al club.

Lo que pueden controlar es poco, y Haaland mostró exactamente hasta qué punto. Una ocasión desperdiciada por intentar aligerar el momento. Otra aprovechada al negarse a convertirla en nada más que el siguiente balón, golpeado con fuerza y raso. Si el City va a llegar hasta el final de esta temporada, será gracias a definiciones como esa.

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