Cine

El jurado de Gyllenhaal leyó el año a contracorriente de las quinielas — y por eso Venecia acertó

Martha O'Hara
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Hace una semana que cerró la 83.ª Mostra de Venecia y el palmarés sigue discutiendo con las quinielas. Casi ninguna acertó. Woman Unknown, de May el-Toukhy, que prácticamente nadie tenía arriba, se llevó el León de Oro y la Copa Volpi a la mejor actriz. El favorito absoluto, Possible Love, el regreso del maestro Lee Chang-dong, bajó un escalón al Gran Premio del Jurado. La ovación más larga del festival, la de Wild Horse Nine, se convirtió en una sola Copa Volpi para John Malkovich. Nada de esto es un error del jurado. Es su método, y conviene mirarlo de cerca antes de llamarlo capricho.

El primer titular es que el cine de autor sigue mandando. Lee Chang-dong no se va con el León, pero se va con un Gran Premio del Jurado hacia un otoño construido para los regresos de autor, y con la certeza de que el jurado premió la mirada y no la temporada. El maestro coreano no necesitaba el máximo galardón para confirmar lo que ya sabíamos: que su cine mira a las personas con una paciencia que casi ningún competidor de la sección podía igualar. El escalón de menos no lo rebaja; sitúa al resto del palmarés a su altura.

El segundo es el descubrimiento. La Copa Volpi femenina fue para Mathilde Arcel, un rostro sin campaña, sin agencia empujándola en la carrera, sin una sola quiniela que la nombrara. Que un jurado presidido por una actriz-directora premie una interpretación que retiene en lugar de una que lo revela todo — la Marie de Woman Unknown guarda su secreto hasta el final — es la señal más clara de que se miró la pantalla y no la agenda. El-Toukhy aprovechó el escenario para agradecer a Gyllenhaal por hablar de la falta de oportunidades para las directoras. La película y el jurado dijeron, esa noche, la misma frase.

El tercero es la contradicción, y es la que dará que hablar todo el otoño. Un jurado que habló sin descanso de la ética de la imagen entregó el premio a la mejor dirección a DAU, de Ilya Khrzhanovsky, la película más cuestionada de la edición: objeciones a sus métodos en el estreno, la protesta ucraniana, la presencia del director de orquesta Teodor Currentzis convertida en pararrayos y la defensa de Alberto Barbera desde el podio. Premiar precisamente ese título es darle a la polémica un segundo acto con trofeo. O el jurado tropezó con su elección más visible, o decidió que una objeción ética no puede vetar la cuestión del oficio. Me inclino por lo segundo.

Cabe la objeción, y es honesta: ir contra las quinielas no es una virtud en sí misma. A veces un jurado se equivoca precisamente por independencia, y la coherencia que yo leo en estos siete premios podría ser un patrón que impongo después, sobre una serie de acuerdos en una sala cerrada. Es posible. Pero cuando un León que se niega a explicar a su protagonista, un documental de testimonios y un premio de dirección al acto de filmar más discutido del año apuntan todos en la misma dirección, lo más probable es que haya lectura, no capricho.

Lo que queda es la pista de despegue. Woman Unknown sale del Lido como la abanderada danesa más probable de la temporada de premios y Arcel como su hallazgo; Lee Chang-dong entra en el otoño con un Gran Premio bajo el brazo; y DAU carga con lo más pesado, un galardón soldado a una discusión sin cerrar. La pregunta de si el jurado de Gyllenhaal leyó bien el año sobrevivirá a todas las películas que premió. Y esa es, casi siempre, la señal de que lo leyó de verdad.

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