Cine

El León de Plata y la reputación humanista de un maestro del oficio: Koreeda

Jun Satō

El León de Plata a la mejor dirección es el premio que menos se deja llevar por el argumento y más por el oficio. No lo gana el tema más ambicioso ni la interpretación más ruidosa, sino el cineasta cuyas decisiones se leen con mayor nitidez en la pantalla: dónde se coloca la cámara, cómo se corta una escena, qué se calla. En una Competición repleta de veteranos — Herzog, Moretti, McDonagh, el regreso de Lee Chang-dong tras siete años — la pregunta que importa no es quién tiene la mejor historia, sino quién domina por completo la forma de contarla.

Nuestro pronóstico es Hirokazu Koreeda por Look Back. La reputación de Koreeda es la de un humanista del oficio: un director al que se asocia con la ternura, pero cuya ternura es en realidad el disfraz de un control formal extraordinario. De Nadie sabe a Caminando y a la Palma de Oro de Un asunto de familia, ha levantado una obra hecha de puesta en escena paciente, de elipsis que confían en el espectador y de una dirección de actores tan discreta que parece ausencia de interpretación. Coloca el espacio doméstico con la precisión con que otros coreografían la acción: umbrales, puertas, la geometría de quién se sienta dónde. El montaje es donde ocurre de verdad la emoción: una escena termina un compás antes de lo previsto, y ese compás que falta es todo el sentido. Dirige a niños y a actores no profesionales hasta arrancarles interpretaciones que muchos cineastas no obtendrían de intérpretes formados, y eso, antes que una virtud humana, es una destreza técnica de paciencia y de cobertura. Nadie ha visto aún Look Back, así que argumentamos desde el método y no desde la trama — y el método es justamente lo que un jurado de cineastas está preparado para premiar. Su prestigio de autor, construido a lo largo de tres décadas, funciona además como aval: cuando un jurado duda, la trayectoria pesa, y pocas trayectorias combinan reconocimiento crítico y dominio técnico como la suya.

El rival más creíble es Danny Boyle con Ink, la película inaugural. Boyle es el polo opuesto a Koreeda: donde el japonés resta, el británico acelera. Su firma es un cine cinético y propulsivo — cámara inquieta, montaje agresivo, una banda sonora que empuja el plano — y el ascenso del imperio Murdoch, con Jack O’Connell, Guy Pearce y Claire Foy, es precisamente el motor de velocidad en el que se crece. Un jurado que quiera premiar la energía pura de la puesta en escena, la capacidad de convertir un consejo de administración en una persecución, podría inclinarse por él; además, la sesión inaugural mantiene un título en la memoria del jurado durante los diez días.

La segunda apuesta es Andrea Pallaoro por The Echo Chamber, y su ángulo es otro: no la cinética de Boyle, sino su reverso, el rigor compositivo más severo. Pallaoro rueda en planos fijos y pictóricos, y en el propio Lido llevó a Charlotte Rampling a la Copa Volpi en 2017; con Alicia Vikander y Susan Sarandon vuelve a disponer del instrumento que necesita un director de superficies. Un jurado que valore la austeridad tiene aquí su candidato.

Lo que puede desbaratar el pronóstico es evidente: nadie ha visto un fotograma. Apostar por el método supone que el método se sostenga, y un Koreeda fuera de su terreno, con material nuevo y otro registro, es una incógnita real. Los premios a la dirección se deciden a menudo por una sola secuencia audaz que solo se revela en la sala, y un instante de bravura puede pesar más que dos horas de excelencia controlada. Y en una Competición tan cargada de autores, el León de Plata suele ser el consuelo del filme que roza el León de Oro, lo que desmonta cualquier lógica de oficio.

Los premios se anunciarán el 12 de septiembre de 2026 en el Lido de Venecia, y MCM cubrirá la ceremonia en directo con reacciones en todas sus ediciones. La mejor dirección es el momento en que el festival dice qué valora en el propio acto de filmar — y este año creemos que valora la mano más firme de la sala.

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